Una vez que muere la tarde, durante los días de competencias nacionales, el llamado “estacionamiento familiar” del Hipódromo Presidente Remón se transforma en un corredor a través del cual transita todo tipo de gente, menos los que están relacionados con la hípica.
Un ejército de menores de edad, en su mayoría del sexo femenino, además de personas de aspecto extraño, literalmente, se toman los predios desplazando con ello a los hípicos, a pesar de que hasta muy entrada la noche todavía hay actividad de apuesta.
No podemos generalizar diciendo que todos los que allí concurren son personas de malvivir o que van a ver qué “pescan”, pero sin temor a equivocarnos la mayoría de los que llegan allí poco o nada producen para la industria hípica en términos de imagen y muchos menos económicos.
Hemos sido testigos de cómo se incomoda a los verdaderos hípicos -a los que apuestan- y muchas veces los intrusos han caído en abusos que van desde bloquear los automóviles hasta amenazar a quienes toda la vida han estado en esos predios.
¿Seguridad? Sí la hay, pero a medias. Es cómico observar que tan pronto terminan las carreras locales se inicia un “operativo” en la puerta que conduce al “estacionamiento familiar”; mientras que por la tribuna principal, los chiquillos y chiquillas entran como “Pedro por su casa”.
Se trata de un asunto complejo, serio y hasta peligroso.
Continuará...