Ay, qué nervios. Si es que nos tienen en un sin vivir. No sé cómo vamos a poder soportar tal tensión. Primero los óscares y ahora esto. Si es que nos va a dar un algo con los nervios.
Después de que nuestro apreciado Ratzinger decidiera que los zapatos Prada y los camauros no eran suficiente aliciente para seguir aguantando las tonterías de todos los que le rodeaban, han empezado las apuestas.
Esto es igual que la polla hípica. Los conocedores, que como todos sabemos son muchos, hacen gala de sus extensos conocimientos y tiran líneas. Éste tiene ventaja, pero hay que tener en cuenta que su hermano está metido en un caso de abuso de menores. Estoy seguro de que le toca el turno a un africano. No, ésta es la hora de los latinos. Así se van, igual de obnubilados que si fuera la final de la liga de fútbol, discutiendo las bondades del derechazo de uno frente a la velocidad de regate del otro. Como si fueran a ganar algo sea quien sea el que gane. Pobres pendejos.
Lo que más gracia me hace de todo esto es que se han hecho muy pocos análisis al hilo de lo que yo creo que fue realmente importante. Y eso es la forma en la que nos enteramos de que el expapa renunció. En una reunión con cardenales, anodina y sin bombos, ese anuncio hubiera pasado desapercibido hasta que la Madre Iglesia hubiera tenido a bien avisarnos, si no hubiera sido por una lista periodista que sabía latín.
Y sabía latín de verdad, no como el giro verbal que nos ofrecían nuestras abuelas para significar que alguien superaba en sapiencia el rasero de la gente común. Ella, la periodista, sabe latín. Y cuando el expontífice soltó la bomba en su lengua muerta, ella, muy pispa, lo captó enseguida. ¿Qué cosas, eh?
Porque ninguno de nuestros futuros periodistas podrá hacer tal cosa. Ninguno de nuestros hijos podrá repetir esa hazaña. Hemos decidido que en éste país el latín y el griego sobran. Igual que sobran las carreras de humanidades. La filología, la filosofía, la literatura, son rémoras en el costado del dios del progreso al que adoramos con la barriga en el suelo y la frente contra el polvo. Los niños no aprenderán nociones de latín y de griego. No podrán leer el ‘canta, oh Musa, la cólera del pélida Aquiles (…)’ con el sonido que debería tener (¡Huy, pero qué cosas digo, si estoy segura de que tampoco leerán eso de ninguna de las maneras!)
La cultura que nos permeó está muerta para nosotros. O eso es lo que nosotros nos empeñamos en creer. Nos empecinamos en pensar que los niños no necesitan saber esas cosas inútiles cuando lo cierto es que son fundamentales para que puedan desenvolverse en el mundo. Porque el latín no es una lengua muerta. Porque aún es de uso común en un estado. Porque el jefe de ese estado es la cabeza de millones de hombres y mujeres en nuestro mundo, y él habla en latín. Porque el saber filosofía te permite entender la sociedad en la que vivimos. Porque las humanidades se llaman así al hacer referencia a la humanidad que todos llevamos dentro.
Pero claro, se conoce que los que nos gobiernan creen que los números salvarán al mundo: las cifras de crecimiento anual, el índice de precios al consumo, el nivel que alcanzará la inflación. Lo que no adivinan es que lo que más crece eliminando esas asignaturas de las escuelas son los brutos internos.