Desde que Aristóteles dijera, hace ya unos cuantos siglos aquello de que el hombre es un animal político, en Panamá nos hemos tomado en serio el hacer honor al nombre, (ojo, al nombre, no al adjetivo) de dicha definición. Por que la forma de hacer y vivir la política en este pedacito de tierra es, por decir lo menos, curiosa.
Dar una ojeada a los periódicos, tener el cuajo de sentarse delante de la televisión en horario estelar de noticias, o resistir la radio en alguno de los numerosos y entretenidos tranques con los que tenemos trufada la capital, es exponerse a que las tripas se te revuelvan. Bueno, claro, en el caso de que te quede un poco de vergüenza ajena, que eso, en los tiempos que corren tampoco es que abunde.
La cosa es que nos pasamos los cinco años inmersos en una locura colectiva que nos aturulla y anestesia, envueltos en la red pegajosa de Ella Laraña, nuestra chupadora de vida particular: la política criolla. Y no hay descanso, no hay un receso del periodo electoral, no existe una temporada en la que los políticos nos den una tregua a los pobres ciudadanos de a pie, que nos la pasamos oyendo discursitos electoreros y discutiendo acerca del mejor (¡ja!) candidato a las próximas elecciones, aunque en teoría para ellas falten más de dos años. Tampoco voy a decir yo aquí que a muchos de los ciudadanos de a pie no les guste la vaina, víctimas sin duda de un síndrome de Estocolmo agravado, discuten sin pausa en los restaurantes, con una pinta en la mano, en la cola del supermercado y hasta en la peluquería acerca de las virtudes (¡ja ja!) de su candidato favorito.
Parece que todo se centra en ver a quien le toca la lotería dentro de unos cuantos meses, y muchos de ellos babean sin pudor al pensar en la banda. Sufrí un sobresalto hace una temporada cuando me encontré con la cara inmensa de uno de los suspirantes en un enorme cartelón, y dije yo, ‘¿Eso no es ilegal?’ Pues al parecer no lo es, y si lo es, a nadie parece importarle porque por allí siguen los susodichos carteles. Pero claro, imagino que los señores del Tribunal Electoral dirán, “¡Huy, mejor nos hacemos los despistados, que si le decimos algo a este tenemos que decirles algo a todos y eso va a ser mucho trabajo para nosotros!” Porque unos más y otros menos se pasan los cinco años, gobierno y oposición, en campaña electoral, besando niños y tirándose mierda unos a otros.
Las discusiones y los debates, tanto los televisados como los que se dan en la Asamblea entre los honorables (¡ja ja ja!) diputados, suelen tener el nivel acústico e intelectual de los debates electorales, resumiéndose, la mayoría de las veces, en algo que se puede traducir así: “¡Y tú más!”. Digo, sobre la falta de convicciones y de la más mínima pizca de ética de los marsupiales saltarines mejor no voy a hacer comentarios…
A veces, viendo a alguno de ellos en algún acto cívico-cursi me pregunto ‘¿Pero este no está en horario laboral?’ Y luego caigo en cuenta, estamos en Panamá, y aquí cada uno hace lo que le da la gana, con la connivencia y los parabienes del resto, unos porque son políticos iguales que él, y el resto del rebaño porque son animalitos que van bien montados en la burra de la política del patio limoso, esperando a ver si por casualidad les cae una camiseta o una bolsa de comida.