Antropóloga, actriz y escritora
Eso es lo que deberían contestar muchos cuando se les pregunta por sus estudios. Es más, las universidades deberían ofrecer postgrados y maestrías en ésta materia, porque el título básico al parecer ya lo tiene todo zurriburri. Alguna vez he hecho referencia a esta epidemia de expertos en todo tema, pero es que la peste está alcanzando cimas épicas. Con la facilidad de acceder al omnisciente Google con un par de tecleos en el aparato electrónico más cercano, aquí todos son maestros en todo. O eso se creen ellos. ¿Hablamos de crisis política en Venezuela? Los tienes hablando de Maduro, de las causas del conflicto y del precio del papel higiénico versus las divisas. ¿Qué el tema del día es Ucrania? No importa que apenas sepan ubicar en el mapa la península de Crimea, ni que en la vida hayan oído de Cimeria, del Imperio Persa o de la ciudad fundada por los godos, no, no importa, ellos son los que más saben del conflicto entre Putin y el capitalismo. ¡Ah! Pero es que estamos en Carnavales, entonces el lujo y el esplendor, el garbo y el donaire de las Reinas, las Princesas y el sambódromo, son peccata minuta ante la vastedad de conocimientos carnestoléndicos que despliegan en los oídos de los simples y mortales oyentes.
La cosa es hablar. ¿Política patria? ¡A mí me van a decir del tema! ¿Historia antigua? ¡Pero si leí a Montanelli! ¿Historia contemporánea? ¡Me he visto todas las películas de la I y la II Guerras Mundiales! ¿Hablamos de los Óscar? No hay nadie que sepa más de cine, directores y actores que yo. ¿Y qué decir de los modelos en la alfombra roja? Son expertos en comparar escotes y stilettos.
A mí me asombra la capacidad de saber de todo y de todos. Pero sobre todo me epata la poca modestia al no reconocer estar en la inopia en algún tema. En alguno. En cualquiera. Cuando vemos en una serie televisiva a un sabihondillo brillante que retiene datos como quien retine hojaldras en las cartucheras, nos asombramos, sin darnos cuenta de que a nuestro alrededor haylos a puñados gordos. Y no nos hemos dado cuenta.
Me parece alucinante que yo, que no me considero bruta, que tengo una licenciatura, dos diplomaturas y un doctorado, y que leo como si no hubiera un mañana, tenga que reconocer mi desconocimiento de temas variados, no sé casi nada de física cuántica, por ejemplo. Ni de matemáticas. No puedo opinar sobre temas de política africana por no tener datos suficientes, y las fluctuaciones bursátiles se me dificultan un pelín. Pues nada, señores, estos todólogos patrios que igual que te cosen, te zurcen, te explican las causas del conflicto en Liberia con un desparpajo que alucina; te iluminan acerca del bosón de Higgs en un pispás mientras se toman un merlot, y cuando acaban, aprovechan para ilustrarte acerca de las bondades de la última cosecha vitivinícola argentina frente al mal año que ha tenido el cabernet sauvignon californiano. Y como les hables de la D.O Prieto Picudo, seguramente sean capaces de soltarte una disertación acerca del tanino y la acidez de la tierra de León.
¿No les da rabia ser tan asnos cuando tienen delante a uno de esos dechados de virtudes? ¿No se sienten como párvulos observando a Pitágoras, por ejemplo? Porque yo me siento así viendo a las tres o cuatro caras en televisión que lo mismo te hablan de economía que de antropología. Me dan rabia y me pregunto cómo es posible que sepan tanto. Porque saber saben. Saben tanto que hasta saben a mierda.