“¿cómo voy a mentir acerca de esta condenada nariz?” Philip Roth
Mi amigo John Mc, con quien he trabajado en traducciones, me regaló algunas expresiones que usan en su lengua para la masturbación masculina: “Beating the meat”, “Whacking off”, “pulling your pud”, “jacking off”, y remató estas sórdidas pero claras expresiones con una pregunta: «Is your wife your right hand, or is your right hand your wife?» “¿Es tu esposa tu mano derecha, o es tu mano derecha tu esposa?”. John me confesó que uno de sus libros favoritos es Portnoy’s Complaint, de Philip Roth (para mí un próximo Nobel), que no sólo describe crudamente las masturbaciones de su personaje (novela autobiográfica) sino que filosofa sobre el desprestigiado vicio. Repasando la novela encuentro que así comienza el segundo capítulo:
“Llegó después la adolescencia, en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de la puerta del baño, disparando tacos por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del botiquín”.
Más adelante asegura al lector: “Yo soy el Raskolnikov de la masturbación..., ¡la pegajosa prueba está en todas partes!” Y llega un momento en que se preocupa: “Es mi cuarto orgasmo del día. ¿Cuándo empezaré a derramar sangre?” La rebeldía de los catorce años del personaje se combina con la delirante victoria del orgasmo que parece embarrarlo todo: ensucia la convención, el hogar, ensucia lo sucio (la ropa sucia). Es inevitable pensar en la prisión en que Portnoy encierra su propio pensamiento. Se entrega por completo al escalofrío, al vértigo, al estremecimiento que diluye el esqueleto. ¡Y en un acto de sinceridad suicida se proclama el Raskolnikov de la masturbacion! ¡Y lo es! Y sí que no es culpable, de haber asesinado a una vieja usurera, si lo es del empecinamiento en desquiciar al joven ser humano que habita su cuerpo. Reconoce Philip Roth que en ese entonces estaba totalmente dominado por los instintos primarios; borradas, o mejor, nunca respetadas, las normas que constituyen el individuo consciente, el hombre social. El personaje Portnoy está “más allá del bien y del mal”, pero en la peor acepción del bien y del mal que la frase implica. Portnoy ni siquiera aspira a sobrevivir en un mundo que él considera vacío o caótico. Lo único que lo mueve es el irreflexivo deseo de autosatisfacerse. Las necesidades instintivas son su vida. El exceso lo convirtió en un simio triste y desamparado.