Procesos de destilación hay muchos y complejos; destilación simple, fraccionada, a vapor, azeotrópica, etc. Al final es un proceso de transformación de algo que ya mata, en algo que va matando menos, como en el caso del licor. Un proceso, en esos casos, de fraccionamiento de elementos volátiles, alivianando componentes para que luego se procesen de manera progresiva por el hígado del ser humano.
El proceso de la destilación es muy antiguo en la cadena histórica del hombre y muchos atribuyen su perfeccionamiento al alquimista árabe Jabir Al-Hayyan, por el año 800 d.c. Pero la presente reflexión no es ya de historia, sino de aquellos raros paralelos entre la forma de destilación de una sustancia y la destilación de las pasiones, especialmente el odio humano, que no es raro confrontar, como espectador o como víctima, en el largo caminar de alguna vida.
Así, hay algunos que dedican muchas horas destilando, en el alambique de sus mentes, ese cúmulo de odio y de materia prima visceral, para consumirla luego gota a gota, con una consecuente intoxicación sobre sí mismos. Rara vez se bebe el odio ajeno, al menos que se tenga la propia copa medio llena. En la mayoría de los casos, los más sanos tal vez, simplemente ven en esos episodios de rencor desenfrenado conductas más bien químicas, impersonales, de insuficiencia anímica e intelectual; la comprensión de esos estados por lo menos surge de inmediato en todo aquel que mira el odio desde la distancia, sin dejarse contagiar.
En estos días, particularmente, me ha tocado ver distintos tipos de odios, suscitados por la llegada de un político, por todos conocidos, a nuestro Panamá. Algunos odios menos destilados y otros de mayor destilación. Los primeros, breves como golondrinas, son aquellos que no tienen apego ni raíz, sino más bien necesidad; como los del periodista aquel que de alguna forma u otra ve su vida familiar y su sustento peligrar si no hace uso de palabras muy puntuales que denoten el rencor muy simulado que no siente. En esos casos, las palabras se convierten más bien en herramientas necesarias de sustento propio. Pero por otro lado, me ha tocado también ver casos que resultan casi de transfiguración, de canibalismo anímico, de desenfreno visceral en el que, con la pluma o con la boca, se destila el odio puro y asentado largamente. Un odio que mezcla lo primario y básico del hombre aquel que abrigaba en él la oscuridad de la caverna, disfrazado ahora solamente por la tecnología moderna y por la ropa, pero similar en todo otro sentido.
En los primeros casos, en los que la necesidad empuja a amontonar un odio casi profesional y sin sentido, se comprende el mismo como un componente de sustento, aun si no se apoya. En los otros casos, en los que el odio viene más fraguado y más hostil, como si se arrastrara lentamente por el suelo, la comprensión se cambia por la lástima que solo puede despertar la fe de cada cual. El primer tipo de odio es como el de ese olor humedecido que se levanta de la tierra luego de azota por el aguacero fuerte; pero en el otro caso, el odio es como el agua empantanada y fuerte que se viene a recoger al pie de la raíz lodosa de los mangles.
Abogado.