La panameña Diana Mena no participará en los actos conmemorativos del 11 de septiembre en Nueva York, pese a que reside allí y su hija fue una de las víctimas del ataque contra el World Trade Center.
Diana no supera aún la muerte de Diavelia Jovana Mena, de 28 años, con quien conversaba vía telefónica desde Panamá, justamente cuando uno de los aviones se estrelló contra la torre donde ella laboraba en el piso 104.
Por esa razón no participará en los actos. El dolor aún es muy profundo. Ella lo explica así: “tenemos días malos y días buenos, no es lo mismo perder un esposo, o a un hermano, que perder a una hija”.
Peor aún. Diavelia dejó una pequeña hija, Carelia Barahona, que hoy tiene tres años y quien no cesa de preguntar por su madre.
“No hay un día en que mi nieta no pregunte por su mamá”, dice Diana, en medio del dolor que un año después de la desaparición física de su hija, aún no supera. Piensa que quizás si la niña hubiese tenido menos edad, no la recordaría tanto; o si hubiese estado más grande, podría comprender la partida de su mamá.
“Ella tenía una carcajada inigualable y era muy querida por su familia, sus primas y todos los que la conocían”, recuerda, al tiempo que demuestra su orgullo materno cuando explica que Diavelia era corredora de bolsa, para lo que se había preparado muy bien, porque estaba consciente de que se desempeñaba en un mundo dominado por hombres.
Es más, precisamente aquel fatídico 11 de septiembre comenzaría una maestría, que se sumaría a otra que ya había obtenido.
Esta madre panameña, que tiene 40 años de residir en Nueva York y quien había venido de visita a su país en aquella fecha, resiente el hecho de que en esa ciudad la prensa sólo se ocupa de los bomberos y los policías que murieron en el Word Trade Center, sin recordar que en los pisos de arriba había mucha gente perdiendo la vida mientras trabajaba.
Asimismo, resulta insoportable observar una y otra vez las imágenes televisadas de los aviones estrellándose contra las torres, y recordar que allí estaba su hija.
Sobre el tema, una organización de familiares de las víctimas se quejó ante las autoridades, pero éstas insisten en que se transmiten para que nunca se olvide lo que ocurrió allí. “Desean mantenerlo vivo para los estadounidenses”, dice Diana.
Lo que sí quedará grabado en muchas personas, es el carácter jovial, campechano y desprendido de Diavelia, según su madre, porque ella era una tutora de adolescentes, además de que pertenecía a organizaciones de ayuda en su comunidad, ubicada en Brooklyn.
“Hay mucha gente que no conoció a mi hija, pero ella les tocó su vida”, sostiene, por la forma en que ella vivía la suya. Aún recibe llamadas y regalos para la pequeña Carelia, de parte de personas que incluso solicitaron fondos para ayuda de familiares en nombre de Diavelia, a través de una página en Internet.
Un año después de su partida, en el marco de un Manhattan triste, se oficiará una misa en su honor para conmemorar en familia su temprana desaparición física, informó desde Nueva York.
Mientras tanto, Diana y su nieta Carelia participan en terapias de grupo para tratar de superar el dolor que sólo la resignación cristiana sacará de sus corazones.
“Los terroristas antes querían que los viera un montón de gente pero no provocar un montón de muertos”, afirmó Levitt. “Este no es ahora el caso. Al Qaeda quiere matar a la mayor cantidad de gente posible”.
Voluntad de recurrir a los atentados suicidas. Una vieja táctica, este tipo de atentado ha sido reflotado en las últimas dos décadas, primero por el grupo libanés Hezbolá, y luego por los Tigres Tamiles de Sri Lanka con efectos devastadores, los militantes palestinos y ahora bin Laden.
Bruce Hoffman, vicepresidente del centro de estudios RAND Corporation, escribió que los atentados planteaban un punto de inflexión.
“Ese día, bin Laden barrió con la sabiduría convencional sobre los terroristas y el terrorismo y, al hacerlo, marcó el comienzo de una nueva era de conflicto, más sangriento y destructivo que antes,” afirmó.