Las anécdotas que puedo contar a bordo de un MINI son muchas y pueden parecer salidas de la imaginación. La primera fue hace algunos años, como pasajera de un Mini Cooper. En aquel entonces -no lo pensé dos veces- le pedí a un automovilista costarricense que me paseara en su Mini, él, quien gustosamente aceptó darme un par de vueltas por el centro de la capital tica, me contó el porqué de su preferencia. "Son pequeñas maravillas, son autos de colección, quien tenga uno tiene un diamante en bruto". Sin embargo, le pregunté si no era incómodo, pues su contextura no era la más fina, él contestó: "La satisfacción de conducirlo es mayor", así respondió exactamente. No obstante, tuve la dicha de conocer a un verdadero coleccionista de Mini Cooper, el cual me invitó a ver su preciada colección, nada menos que en su hangar privado en Albrook, allí presencié más de ocho, y todos impecables. Aquel entusiasta confesó que ni su familia sabía con certeza cuántos coches tenía. Luego en un Rally de autos antiguos en Chiriquí, (yo a bordo de un Ford Falcon) fui testigo de cómo un Mini Cabriolet de 1994 intentaba rebasar sacando provecho de las condiciones del terreno. Eso sí, fue curioso ver cómo hacía aquella maniobra, después comprendí que buscaba hacer carrera con nosotros. Hoy, de esas experiencias solo puedo decir que la historia se repite pero para mejor, ya que Mini ha apostado por un Countryman más grande, pero con el estilo de aquellos clásicos que han sido el delirio de muchos.