El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) celebran esta semana su asamblea en un clima sombrío, a causa del empeoramiento del pronóstico económico global y de las protestas antiglobalización que se avecinan.
La asamblea anual del FMI, que tendrá lugar en Washington el próximo fin de semana, ofrecerá una nueva oportunidad de negociar al Gobierno de Argentina, que no acaba de cerrar el acuerdo de ayuda económica que precisa de forma desesperada para hacer frente a pagos multilaterales que vencen en octubre.
La presencia en Washington de financieros, banqueros y ministros de 184 países, encabezados por los más pudientes, ha vuelto a provocar la convocatoria de manifestaciones de protesta, que, según la policía, podrían reunir hasta a 25,000 personas.
Los activistas antiglobalización quieren recuperar el impulso perdido por los atentados terroristas del 11 de septiembre, que el año pasado provocaron el retraso de la asamblea del Fondo y la cancelación de unas protestas que se esperaban masivas.
El propósito de esa política monetaria flexible ha sido estimular el gasto por parte de los consumidores, que representa dos tercios del Producto Interior Bruto de Estados Unidos. A pesar de esa mayor disponibilidad de dinero circulante, la inflación se mantiene moderada y en agosto el Indice de Precios al Consumo subió un 0.3 por ciento, después de incrementos del 0.1 por ciento en julio y junio.
En agosto bajó a 5.7 por ciento la tasa de desempleo, que había subido al 6 por ciento en abril, luego de casi tres años en los cuales se mantuvo en aproximadamente el 4.5 por ciento. Este contingente mayor de desempleados contrarresta uno de los ingredientes que Greenspan considera inflacionario: la competencia de los empleadores por conseguir trabajadores, lo que favorece el alza de salarios. De hecho, las remuneraciones promedio -incluidos sueldos y beneficios- fueron en agosto de 14.80 dólares por hora, apenas 17 centavos más que en abril.