Un estudio de la Reserva Federal de San Luis (EU) dice que el temor a las llamas eternas es un incentivo poderoso para no aceptar sobornos.
"La creencia en el infierno tiende a significar menos corrupción y menos corrupción tiende a significar una mayor renta per cápita", explica el estudio, publicado en la edición de julio de la revista trimestral del banco público, "The Regional Economist".
Los economistas Kevin Kliesen y Frank Schmid, que trabajan para uno de los doce bancos que componen el sistema de la Reserva Federal de EU, llegaron a su conclusión tras realizar un análisis econométrico de dos variables: la creencia en el averno y la renta per cápita.
Su resultado fue que existe una correlación entre ambas. "Los países donde un alto porcentaje de la población cree en el infierno suelen tener menores niveles de corrupción", escriben, y está probado que la corrupción es arena que tranca las ruedas del crecimiento económico.
Así, por ejemplo, en Estados Unidos, donde los ingresos por persona superaron los 34,000 dólares en 2001, un 71% de los ciudadanos reconocen la existencia del territorio del ángel caído (demonio).
En Irlanda son un 53%, mientras que la renta per cápita es de más de 32,000 dólares.
Sin embargo, paradójicamente, el final de la tabla no está ocupado por los países más pobres del mundo, sino por naciones europeas, donde la religión puede no estar de moda, pero que no por ello han sucumbido a la corrupción.
Así, en Dinamarca, con una renta per cápita de 29,000 dólares, tan sólo un 10% de la población dice que el infierno existe, y en Suecia los creyentes en el maligno son un 12% y sus ingresos per cápita fueron de más de 24,000 dólares hace tres años.
En su estudio los autores no explican el por qué de estas anomalías en su teoría.
La Encuesta de Valores Mundiales de 1993, de donde los economistas sacaron sus datos, coloca a Turquía a la cabeza de los países que aceptan la existencia del averno, con un 85% de la población, y Letonia al final, con tan sólo un 9%.
En México es del 48%, en Argentina del 41, en Brasil del 39 y en España del 30.
Una incógnita clave para los economistas desde hace cientos de años es por qué unos países son ricos y otros pobres, y para explicarla ha habido tantas teorías como teóricos.
Entre las explicaciones tradicionales de la riqueza están la alta productividad laboral, la baja inflación, las elevadas tasas de ahorro e inversión, el respeto a los derechos de propiedad y la existencia de instituciones donde no se tolera el abuso del poder para el enriquecimiento personal.
Aunque menos ortodoxa, la relación entre el crecimiento económico y la religión no es una idea nueva.
Adam Smith, uno de los padres de la economía moderna, concebía los credos como mecanismos morales que garantizan el cumplimiento de las normas, según apuntan los autores del estudio de la Reserva Federal.
Y el sociólogo alemán Max Weber señaló que el protestantismo en especial, donde el éxito material es señal de la gracia divina, estimula el crecimiento económico al valorar el trabajo, la diligencia, la austeridad, la puntualidad y el cumplimiento de las promesas, de acuerdo con el estudio.
En esta tradición se encuadra la teoría de Kliesen-Schmid.
De acuerdo a ella, a la vez de invertir en puentes y carreteras, tal vez los gobiernos deberían fomentar la construcción de iglesias y particularmente las descripciones gráficas de los tormentos del infierno.