La crisis divide. De un lado, los que en el 2008 temían decir “recesión” y hoy rehúyen, con igual soplo supersticioso, de la palabra “depresión”.
Del otro, los llamados catastrofistas, que advirtieron hace años que la desregulación neoliberal de los mercados conducía a una crisis económica global. Los primeros olvidan sus yerros y pronostican ahora que la recuperación comenzaría en el 2010; los segundos alertan que la contracción de la economía mundial adquiere gravedad similar al crack que desinfló al planeta a lo largo de los años 30.
La Segunda Gran Depresión apenas está en los preludios; amenaza con extenderse durante varios años, a juzgar por el deterioro financiero, industrial y comercial y el acelerado aumento del desempleo con que comenzó el 2009, y por la impericia de los grandes centros desarrollados por buscarle salida a la recesión.
Sus bancos centrales inyectan billones de dólares para oxigenar al sistema financiero mundial, pero este sigue ahogado en la crisis crediticia.
Ante las señales de fracaso, el primer mundo se desespera. Convulsiona. Se escinde. En Gobiernos y parlamentos, unos se aferran a la ortodoxia neoliberal; reducir impuestos estimularía el gasto y la inversión, porfían. Otros se acuerdan de John Maynard Keynes: quieren políticas de gastos e inversiones del estado para crear empleos, y hasta abogan por nacionalizar bancos quebrados; pero vacilan, temen que les tachen de socialistas, aunque Keynes no sea Marx. ¿Ponerle riendas al todopoderoso mercado?¡ ¡¿Quién dijo?¿ ¿Quién… quién…? ¿Quién era el todopoderoso?
Con Wall Street a la cabeza, los mercados se hunden, sin capacidad para reorientar hacia la economía real el monstruoso capital que amasaron. Ante el desastre, los ojos vuelven-aún tímidamente porque la evidencia escuece—hacia los Estados. No hay otra alternativa que la planificación centralizada de políticas frente a una crisis que afectará todas las economías del planeta. A Cuba también llegan las ráfagas y hacen más difícil su maltrecha economía y la necesaria liquidez financiera: depreciación abrupta del níquel, primer renglón en la exportación de mercancías; luego de promediar unos 33 mil dólares por tonelada en 2007, los precios abrieron en el 2009 en torno a los10 mil dólares, y pueden deprimirse más.
El sismo global debe estremecer, a medida en que se agrave, a otras áreas de la producción y los servicios. Frente a esos peligros, la economía cubana tiene dos escudos, uno que es su carácter centralizado, (cuestionada en foros externos en los 90), y otro es su virtud para organizar la resistencia ante una crisis. Sin mucho ruido en algunos casos, el país ha emprendido un reajuste de estructuras y políticas económicas y de reemplazos de figuras, para “crear fortalezas” con los limitados recursos financieros de que dispone la Isla.
En esa cuerda se inscribe, en mi modesta opinión, la acelerada carrera para ampliar nexos comerciales con el exterior.
Desde el 2008 hasta mediados de este mes de marzo han visitado Cuba ocho presidentes latinoamericanos, tres africanos y los mandatarios de China y Rusia y las visitas del presidente cubano Raúl Castro, a Rusia, Angola y Argelia, con la firma de acuerdos de cooperación e intercambio comercial que abren opciones estratégicas en la actual coyuntura y oportunidades para la exportación de productos biotecnológicos y servicios médicos, entre otros. La firma reciente de acuerdo comercial con Panamá, es un claro ejemplo de esa búsqueda de alternativas. Pero a mi juicio, la economía cubana necesita a la par, de una descentralización de las responsabilidades, la gestión a escala de empresas.
El empleo eficiente de los recursos requiere de un compromiso real en cada entidad productiva y de servicios, de una participación menos formal de directivos y colectivos de trabajadores en la planificación , ejecución y control de sus metas productivas, y también en gran medida se requiere de un mayor estimulo económico individual para trabajar, para producir y para lograr eficiencia y que el resultado del trabajo que es el salario sea un verdadera fuente de subsistencia para el trabajador. Una combinación sabia de ambas columnas, planificación centralizada y descentralización de la gestión empresarial, contribuiría a desplegar con mayor eficacia ese otro gran escudo de los cubanos: la inteligencia del capital humano formado durante 50 años. Estos tiempos no son para invocar los conjuros de Marx y de Keynes en uno y otro lado de la orilla del rió de la crisis, se necesitan acciones reales y un pragmatismo a toda prueba.