El mundo político y empresarial italiano despidió ayer al presidente de Fiat, Umberto Agnelli, fallecido el viernes, mientras empiezan a abrirse paso algunas hipótesis sobre el cambio de guardia en la dirección del grupo.
Fiel al estilo discreto que cultivó durante años a la sombra de su brillante hermano mayor Giovanni, el adiós a Umberto Agnelli ha sido sobrio, aunque no ha podido escapar al homenaje masivo de la sociedad italiana, en la que la familia de empresarios ha suscitado siempre un gran interés.
Representantes de la política, los sindicatos, las finanzas y también ciudadanos anónimos pasaron por la capilla ardiente, instalada en unas dependencias de Fiat en el centro de Turín y dedicadas a museo y centro de documentación.
Hasta allí ha llegado también el mensaje del Papa Juan Pablo II, quien ha recordado el "generoso compromiso humano y profesional" del fallecido, "que se ha esforzado por el relanzamiento industrial de la empresa".
Asimismo, acudieron los futbolistas del Juventus de Turín, del que Umberto Agnelli era presidente honorario, para dar el pésame a la familia, que rodeaba el féretro cubierto de peonías blancas.
El primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, ha anunciado su visita a primeras horas de la tarde, poco antes de que la capilla ardiente se cierre para que el cadáver de Agnelli sea enterrado en el mausoleo familiar en la cercana localidad de Villar Perosa.
El entierro será estrictamente privado y participarán sólo la familia y los allegados más íntimos, una decisión del propio Umberto Agnelli, del que ha trascendido que también optó por no prolongar el duro tratamiento contra el cáncer de pulmón que ha acabado con su vida a los 69 años.
La impresión en Italia es que con la muerte de Umberto Agnelli se ha terminado una dinastía que ha protagonizado la vida empresarial del país durante décadas y que la muerte del último patriarca deja algo huérfanos a sus descendientes, en un momento especialmente delicado para el grupo Fiat.
Umberto había accedido a la presidencia de la compañía en enero de 2003, tras la muerte de su hermano Giovanni. Con la ayuda del consejero delegado Giuseppe Morchio, había conseguido atenuar las pérdidas y el nivel de endeudamiento, aunque la situación aún es difícil.