Existe una relación entre el nivel de educación y el nivel de bienestar social de la población, que se demuestra por medio de la movilidad salarial de las personas y los retornos económicos de la educación formal de diversos grados, informal y de capacitación profesional. Se ha establecido una definida correlación entre el enfoque de la educación y el incremento en la calidad de vida de las familias, quedando demostrado que las naciones que orientan su educación hacia la generación de conocimiento avanzan más rápido, como en los casos de Singapur, Finlandia, Japón y Suecia que forman parte de los países con los índices más altos de competitividad según el World Economic Forum.
Las experiencias de estos países han demostrado que el esfuerzo de mejora educacional requiere un enfoque específico para poder insertarse en la economía del conocimiento y la información. El cambio tecnológico y económico ha incrementado substancialmente el requerimiento en habilidades académicas y competencias laborales que permitan a la fuerza laboral enfrentarse a los nuevos escenarios, además de una población educada se requiere una educación orientada a la competitividad.
Según Michael Porter el fin último de la competitividad es elevar el nivel de vida de la población, los esfuerzos que realicen los países deben orientarse a preparar a sus jóvenes para ser competitivos en la nueva economía, y en los niveles de educación superior las carreras deber estar altamente correlacionadas con el desarrollo de los mercados.