Brasil se contrajo un 3,8 % en 2015 y sufrió así su mayor recesión económica en los últimos 25 años, un dato que refleja la acentuada crisis que atraviesa el país que durante años fue la locomotora de América Latina.
Con el desempleo en aumento, la inflación en el 10,67 % -por encima del techo de la meta oficial- y el consumo en mínimos, la presidenta Dilma Rousseff tuvo que hacer frente en 2015 a un año negro, el peor en materia económica del último cuarto de siglo. El desplome del Producto Interior Bruto (PIB) brasileño fue más alarmante de lo esperado por el mercado financiero, que preveía una caída del 3,71 % y que augura un retroceso del 3,45 % para 2016.El rumbo descarriado de la economía brasileña refleja la delicada situación del país que, pese a todo, sigue siendo la séptima mayor economía del mundo, a la vez que confirma la trayectoria negativa en la que se encuentra sumergido Brasil.
La expansión económica registrada durante el último mandato del exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva, cuando Brasil llegó a crecer un 7,6 % en 2010, contrasta con los datos cosechados por su ahijada política: en 2011 el PIB se amplió un 3,9 %; en 2012, un 1,9 %; en 2013, un 3 % y un escaso 0,1 % en 2014.
El Ejecutivo de Rousseff ha achacado en reiteradas ocasiones la mala salud de los principales indicadores macroeconómicos a las turbulencias políticas que atraviesa el país y a la coyuntura internacional.
En opinión de Skaf, la caída del PIB se debe a "los errores cometidos en las decisiones políticas" y a "un gobierno caro, pesado e intervencionista que no toma medidas para controlar sus gastos y que desea aumentar todavía más los impuestos".
Y es que, además de la recesión, el Gobierno lidia con unas cuentas públicas deficitarias, que arrojaron en 2015 un saldo negativo de 111.249 millones de reales (unos 28.606 millones de dólares), su peor resultado desde que en 2001 comenzó la actual serie estadística de medición.