La República Popular China emprenderá este año otra revolución. Dos décadas después de la muerte de Mao, el país se prepara para su entrada inminente a la Organización Mundial del Comercio (OMC), que se cerrará con toda probabilidad en la primera mitad de este año. Será la culminación de un camino iniciado en 1978 desde una economía comunista planificada y controlada por el sector público hacia otra abierta al exterior y al capital privado. El ingreso oficial de Pekín en el club del comercio mundial, bendecido por unos y condenado por otros, tendrá un impacto enorme en la economía internacional. Las consecuencias para China son aún más impredecibles.
Fotografiar los símbolos típicos del comunismo empieza a ser más complicado en China. Anuncios de refrescos, comida rápida importada, boutiques de moda occidental. "Shanghai parece Nueva York, todos quieren ganar dinero", indica Richard Cardiff, gestor de fondos asiáticos en Chase Fleming. Son señales de los coqueteos, iniciados en 1978, con la economía de mercado. Pero 2001 acelerará los cambios. La entrada del país en la Organización Mundial el Comercio (OMC), prevista para este trimestre tras 14 años de negociaciones, marcará un camino sin retorno hacia la apertura del mercado chino al capital privado. El impacto en la economía mundial promete ser enorme.
"China va a ser una gran tienda", vaticina Cardiff. Con 1.300 millones de habitantes (el 25% del total mundial), la República Popular es ya la séptima economía tras acabar el año 2000 con un producto interior bruto (PIB) estimado de un billón de dólares. La irrupción en el escenario económico mundial del gigante asiático despierta sentimientos encontrados entre las grandes potencias. Si bien el mercado chino es un plato jugoso para muchas compañías extranjeras ávidas de acometer inversiones en un marco legislativo más controlado, Pekín amenaza con convertirse en un serio competidor fuera de sus fronteras.
Ahora supone un 3% del mercado mundial. Entrar en la rueda del mundo (así llama la prensa local a la OMC) le permitirá triplicar esa cuota en 20 años, según Andy Xie, economista de Morgan Stanley Dean Witter en Hong Kong. "Si la previsión no falla, la repercusión será considerable".
EFECTO "AMBIVALENTE"
Afinar más en cómo la "economía de mercado socialista" (eufemismo con el que Partido Comunista ha bautizado la apertura) afectará al mapa mundial no es fácil.
"Será ambivalente: mayor apertura del mercado chino, pero también mayores exportaciones de sus productos a los mercados de los países desarrollados, que ya tienen fuertes déficit bilaterales", explica Pablo Bustelo, profesor de Economía y director del Grupo de Estudios Económicos de Asia Oriental en la Universidad Complutense. Sólo el crecimiento de la próxima década marcará el impacto neto en la economía internacional.
China tampoco será un socio fácil para la propia OMC. La organización jamás ha tenido que digerir un país de ese tamaño. Se han negociado 36 acuerdos bilaterales, además del protocolo general, como parte del proceso de admisión.
¿Cómo se resolverán los litigios comerciales en un panorama tan enrevesado?
"No hay planes especiales para China", explica un portavoz en la sede de la OMC en Ginebra. "No es lo usual y, de todas formas, sería imposible sin conocer las condiciones definitivas de admisión".
A Pekín todavía le quedan algunos escollos antes de cerrar su contrato comercial. Ya ha cerrado los acuerdos difíciles (con EE UU y la Unión Europea). Cuando se daba por sentado que la firma llegaría a finales de 2000, China se ha encontrado con un hueso inesperado: "México se ha convertido en la última barrera", indica Xie. China y México compiten en inversiones y exportaciones en el mercado estadounidense, donde ambos suponen el 19% de las importaciones. Los mexicanos recelan. Algunas empresas chinas han vendido a EE UU desde México para sacar partido de que es socio de los estadounidenses en el Tratado de Libre Comercio. La estrategia mexicana retrasará el ingreso, pero no lo bloqueará. Pekín es una prioridad en Washington.