Quien no haya disfrutado de una deliciosa, pero grasosa empanada, una sopa de hueso o un emparedado relleno de embutidos, cuyo costo no pase de un dólar, probablemente miente.
No hay nada malo en darse ese gusto de vez en cuando, el problema está cuando se vuelve una rutina, porque lo barato le puede salir caro. En Panamá se ha dado una proliferación de venta de comidas con bajos costos que ha logrado la aceptación de los consumidores porque su precio, obviamente, favorece el bolsillo de los comensales.
Este ajuste de precios le cae muy bien a cualquier persona, porque no hay nada mejor que comer "rico y barato". Sin embargo, para algunos expertos en nutrición, en términos generales estos alimentos no son los más convenientes para la salud.
Ello podría significar que el supuesto ahorro no valió de mucho, pues el consumidor que come por mucho tiempo comida saturada en grasa y poco balanceada, debe reestructurar su dieta, visitar médicos, nutricionistas y hasta asistir al gimnasios, no sólo por salud, que debe ser el espíritu del cambio, sino por la obsesión que algunos tienen con el cuerpo perfecto.
Es decir, que el par de dólares que se ahorró probablemente los tendrá que sacar de la alcancía y hasta reformar su presupuesto. Por ejemplo, en una comida criolla o "rápida", podría gastarse un dólar diario, es decir, 30 dólares al mes. Probablemente en el pasado gastaba un promedio de 2.50 por día, suma que representaban 75 dólares al mes.
No obstante, si sigue ingiriendo los mismos alimentos tendrá que visitar a un especialista en nutrición, cuya consulta si privada, podría costarle unos 30 dólares y probablemente tendrá que visitarlo más de una vez.
Este sería en el mejor y más leve de los casos, porque si la cantidad de grasa consumida ha atrofiado algunos de sus órganos o alterado su proceso digestivo, el gasto, la incomodidad y el sacrificio, será mayor.
Además, si le recomiendan visitar un gimnasio se podría gastar entre 30 a 57 dólares mensuales. De acuerdo con Taiz de Barboni, directora de la Escuela de Educación para El Hogar de la Universidad de Panamá, los consumidores requieren de una educación no sólo dirigida a que los alimentos que consumen sacien su hambre, sino que también no perjudiquen a largo plazo la salud.
Manifestó que los panameños no saben administrar su dinero y más bien lo desperdician sin necesidad, ya que después de sentirse gordos quieren bajar las libras de inmediato, por lo que gastan mucho dinero sin obtener resultados satisfactorios.
La mejor fórmula es comer saludable porque de esta manera se ahorra dinero a largo plazo y es garantía de una vida más saludable. Un alto porcentaje de los consumidores rara vez planifica su alimentación; de hacerlo, no sólo se ahorrarían dinero sino que contribuirían a llevar una vida sana.
"Hay que conocer lo dañina que podría ser una comida rápida, que aunque parezca barata, realmente resulta tan cara que podría costarle a la larga la vida a una persona", dijo la docente.
Tener el hábito de consumir estos tipos de alimentos, es trabajar para acumular grasa y padecer de una enfermedad vascular o del corazón. El panameño debe empezar a valorar la salud y una vez logrado esto, comenzará a consumir alimentos más sanos, que no necesariamente tienen que ser costosos, dijo Barboni.
Haciendo énfasis en que el panameño come muy mal, Barboni, explicó que este tipo de consumidor es amante a la dieta recargada de carbohidratos, porque sólo se guía por el gusto o la satisfacción del comer.
Las frutas y ensaladas a pesar de ser tan saludables, brillan por su ausencia en las comidas del panameño común, que prefiere consumir frituras o comidas de toldas que no por menospreciarlas, son hechas con aceites "reciclado".
Adicionalmente, Barboni mencionó que el panameño está totalmente equivocado al pensar que una comida sin carne no está completa, ya que el cuerpo sólo requiere de tres onzas al día y no de tres en cada comida.
Es difícil comprender porqué el panameño invierte dinero en medicamentos, si todas las vitaminas se pueden conseguir en los alimentos y de esta manera se ahorra el dinero que gasta en visitar al doctor, sostuvo Barboni.
Por otra parte, criticó el gusto por las frutas extranjeras y la poca preferencia por las nacionales como es el caso de la naranja que cuesta menos y con una sola se suple la vitamina "C" que necesita el cuerpo por día, sin embargo, para obtener esa misma cantidad de vitaminas se necesita comer 12 manzanas.
La nutricionista, Patricia González, afirmó que en muchos lugares la variedad que se ofrece es tan limitada que es casi imposible seleccionar una combinación de alimentos con un contenido calórico moderado. Uno tendría -dijo- que comer una minúscula parte de la porción ofrecida para evitar ingerir más de la energía y grasas necesarias. Igualmente mencionó que las comidas precocidas que ofrecen los supermercados también tienen un alto contenido calórico.
Estudios científicos han comprobado que la composición nutricional de la "comida chatarra" alienta a consumirla, incrementando el riesgo de la obesidad.
Un 55% de los panameños enfrentan problemas de sobrepeso que los ponen a pocas libras de la obesidad. A pesar que la carencia de un sistema de estadísticas oficiales impide mayor precisión, hay evidencias de que más de medio millón de personas ponen a vibrar las balanzas, reveló la nutricionista clínica, Itzel Velásquez, presidenta de la Asociación Panameña Para la Prevención y Tratamiento de la Obesidad.
Velásquez califica la obesidad como la epidemia mundial y que lo más alarmante es que "el 60% de los niños y adolescentes está presentando sobrepeso y obesidad cuando antes era el 30%.
"Las mujeres de la República de Panamá, son la población mayoritaria del país, en cuanto a obesidad se refiere", según un estudio adelantado por el Ministerio de Salud y la Asociación Panameña para el Tratamiento de la Obesidad, revelado en un curso del Congreso Latinoamericano de Obesidad.
La población panameña de edades entre los 40 a 49 años, ocupan el segundo lugar de obesidad. La población de 20 a 29 años, el 33% resultó obeso, mientras que de 30 a 39 años, el porcentaje es de un 25%.
Según expertos la mayoría de las comidas rápidas tienen una densidad calórica muy alta, con lo que sólo basta ingerir una porción mínima para subir los niveles de calorías en el cuerpo.
En artículo publicado en la Revista de la Obesidad se manifiesta que este tipo de alimentos altos en energía engañan a la gente, haciéndolas consumir más calorías de las que requieren.
Una comida "basura", alta en energía contiene una vez y media más calorías que una cena tradicional. Los médicos aseguran que una dieta abundante en comida rápida incrementa el riesgo de obesidad de una persona, aun cuando ésta crea que las porciones que ingiere son más reducidas que si comiese una comida normal.
De acuerdo con un consumidor, las compañías productoras de comida rápida podrían tener un papel más activo en la prevención de la obesidad si adoptaran una actitud positiva hacia una dieta saludable vendiendo comida de bajo contenido energético.