Castillero indicó que la compañía presentó toda la documentación exigida por la Autoridad Marítima de Panamá y por esa razón la junta directiva les concedió la prórroga.
De acuerdo con la representante de APSA, por la prórroga que le otorga el contrato firmado con el Estado el 18 de agosto de 1994, no se puede llevar a cabo una licitación pública para dar en concesión estos tanques.
"El reglamento de concesión de la AMP en su artículo 13 señala que la solicitud de renovación o de prórroga serán preferidas a solicitud que se presenten nuevos interesados".
La solicitud de APSA de prórroga del contrato se realizó el 16 de abril, indicó de Castillero.
Y de acuerdo con lo establecido en el contrato tienen preferencia sobre cualquier otro consorcio que esté interesado en administrar esas instalaciones.
Agregó que el consorcio liderado por Grupo Los Pueblos presentó su interés de administrar los tanques de Cristóbal y Balboa, pasado los 90 días para realizar la solicitud.
La extensión del contrato se estableció por cinco años más. Según el contrato firmado en 1994 la empresa debía invertir 6 millones de dólares.
No obstante, de Castillero aseguró que han invertido en ese período un total de 14.6 millones de dólares, y prevén invertir otra fuerte suma en los próximos años.
Actualmente, el Grupo Los Pueblos mediante un consorcio conformado por la empresa Chemoil Corporation y la brasileña Marítima Petróleo Engenharia, se encuentra interesado en desarrollar una Zona Libre de Petróleo en las instalaciones que ocupa APSA.
En su planteamiento afirma su interés de invertir 20 millones de dólares en mejoras de las instalaciones y adquisición de nuevos tanques de almacenamiento. Algas de voz bermeja sus maitines
entre sonoras mieles aseguran,
y el acordeón del perro, desentonan
escualos de marfil y piel felina. Medallones de cuarzo los luceros
cuelgan de las corvinas y las ranas,
y airados luciferes vengadores
recortan el ombligo de la luna.
tus ojos de morada lumbre erguida,
sueñan de amor por los mojados riscos
con rebaños de azules rompeolas. VII Por el dormido de las caletas
levemente dorado en los ancones,
baja la tarde al fin sus banderines
con salvas de cuarenta caracolas.
cubre las torres de la mar salina,
y desfallece el aire en los aljibes
con diminutas alas nazarenas. En el poniente se despluman nubes
palomitas de escarcha y caramelos:
nubes de terracota y pan molido
con sabor a pastel azucarado. Somos de nuevo niños y sirenas
a ver nos llevan dulces tiburones,
langostinos en flor y descendiendo
por espirales gradas submarinas.
enamoradas coles asemejan,
mientras la luna añil de los espejos
con luces de cristal despide el día. Tantas cosas de ayer, tantos escombros
de moluscos galantes contra el frío
de chalupas y costas encalladas
con las redes dormidas, marineras! VIII
musgos, en el candil ultramarino
de un caracol de nácar que consume
celestes óleos de fulgor mojado. Brincan delfines por las glaucas dunas
y desaferran, crueles, los faroles,
las rocas, las sardinas, las guitarras,
y el deslumbrante toro del vacío. Cómo nos duele el aire en la pregunta
que la garganta esconde y desafina,
con tormentosos hielos encendidos
y pescados de colas en salmuera. Tortugas de aserrín enamorado,
y tritones con remos como lirios
hunden también su voz en las arenas
buscando estrellamares y memorias. Ni aún los marineros son iguales
en esta sobremesa sin claveles,
que resucita rostros flotadores
y barcarolas de rubí dormido. Un lucero de plata, fiel grumete,
de su neptuno mirador divisa,
cristalino tropeles de hipocampos
abordando a estribor el fondeadero. IX Barloventos de conchas, capiteles,
leños entre las jarcias, desprendidos,
y el roce de los náufragos tan suave
como el célico anís de la memoria. ¡Cuántas manos ardiendo en los cantiles
con pulseras de azufre y hielo! ¡Oh cuántos
torsos con el ardor ya moribundo
sobre las deshojadas madreperlas! Por las dársenas llora el astillero
en sótanos de espumas carceleras,
como una mariposa de relámpagos
fría entre ramblas de coral dormido. Te miro y me pregunto donde viene
esta raíz que de la tierra sube,
y el marfil que acalora tu figura
con volanderos pájaros marinos. Espanto de sentirte por la sangre,
huéspeda tutelar en las moradas
remotas que los ojos adivinan
con celestiales órbitas isleñas. En esta soledad, aunque distante
de los iluminados farallones,
el fuego que nos une nos separa
con sus gélidos yodos de berilo. X Bajo un cielo de azules golondrinas
la sombra asciende con sus pies de escamas
y transfigura el monte, centinela,
rondando entre portales de rocío. Ciudad de callejones inclinados:
púdica flor de marineros pétalos.
El pulso de la rada, detenido,
con el aire sin luz no se conforma. Duerme la madreselva y en los parques
el niño del briol muere de frío
con una vela roja entre las manos,
ajada flor de plumas salineras. Por la rampa del sur la lluvia llora
en los fustes del templo, sostenida.
El dulce mar Pacífico la escucha
sin mover una sola verde ceja. Alza la frente Dios y sus argollas
de luceros amargos palidecen
los últimos escollos navegantes
y el surtidor de estelas enfadadas. Distante, una canción, rompe las hojas
del árbol de la noche, ventolina,
y tres mangos de sombra, tres doncellas,
en lecho de espolines se desmayan.