Sea que fuere negociado de prisa antes del Año Nuevo o dejado para principios de enero, el acuerdo presupuestal que forjan el presidente Barack Obama y el Congreso tendrá un alcance mucho menor al que concibieron inicialmente como una alternativa a incrementos fiscales y recortes al gasto que serían fastidiosos para los estadounidenses.
El acuerdo, en caso de alcanzarlo a tiempo, pospondría algunas decisiones relevantes sobre cambios en el fisco y en programas sociales, y dejaría pendientes otros plazos que posiblemente lleven a momentos similares de negociación al límite.
En las negociaciones, republicanos y demócratas en el Senado esperaban llegar a un acuerdo en la madrugada del domingo sobre los montos de ingresos que tendrían un aumento de impuestos, sobre la conservación o eliminación de tasas y exenciones fiscales, sobre la manera de pagar prestaciones por desempleo, y sobre la forma de evitar reducciones en el pago de médicos del sistema de atención médica a ancianos (Medicare).
Un convenio impediría la aplicación automática de alzas fiscales para casi todos los estadounidenses, y quizás, temporalmente, evitaría reducciones de gasto en programas de la defensa y de otros sectores del Gobierno.