Cuando el taladro financiero empieza a perforar la situación económica de una empresa, la primera tendencia de los propietarios es reducir costes para amainar los efectos de la crisis.
Algunos se inclinan por contraer gastos superfluos o eliminar aquellos que consideran no son necesarios, ni rentables.
Pero algunos, una vez la empresa empieza a trastabillar económicamente, enfilan su pensamiento contra el dinero destinado a publicidad como craso error de un pensamiento distorsionado de la realidad.
Sabio consejo, sin presumir de experto, es que en vez de eliminar la publicidad aumentarla o reprogramarla con nuevas ideas que insuflen en la empresa la prosperidad que se reflejarán en las ventas que agonizan.
Todo empresario que desea ser exitoso invierte en publicidad, porque sabe que el secreto de muchos triunfos económicos radica en la divulgación del producto que se intenta popularizar en el mercado.
Invertir en publicidad no es despilfarrar dinero. Más se dilapida en reuniones sociales donde se generan chistes que tonifican el estado de ánimo, relajan momentáneamente, pero no producen ingresos satisfactorios aunque en ocasiones, se fortalecen contactos comerciales que a corto, mediano o largo plazo son indispensables para la compra o venta de un producto.
Una mercancía, encarcelada en los anaqueles de la empresa, no logrará penetrar en el mercado, sino se le da la divulgación que amerita y para lograr esto no hay mejor medicamento que la publicidad.
Es conocida la millonaria inversión que las transnacionales hacen para captar la atención de aquellos a quienes desean que su mercancía cale y los logros son tan significativos que los clientes prácticamente como "robots" invocan el producto sin valor que está ante una variedad del mismo objeto con diferentes nombres.
Reitero: cuando la crisis apalea la economía de una empresa, grave error es estrangular los fondos destinados a publicidad, porque sus efectos serían tan dañinos como los causados por una madre que le arrebata el biberón a un niño hambriento.
Todos, naturalmente si no estamos desquiciados, tenemos el don del pensamiento que utilizado serenamente, sin pasión desenfrenada, nos permite diseñar la estrategia para lograr el mercado que deseamos.
No se trata de crear una publicidad engañosa para que la empresa continúe flotando en el mar comercial embravecido por la competencia, porque los efectos podrían ser adversos.
Todos tenemos gotas de creatividad que la mayoría no utilizamos porque la grave pereza mental nos ahuyenta del progreso. Si quien desea triunfar estima que no tiene habilidad para parir una idea fructífera, entonces debe acercarse a los expertos publicitarios que le indicarán los primeros pasos hacia el éxito porque la divulgación adecuada de un producto, constituye el palpitar financiero que abrirá mercados y apuntalará las finanzas para que un negocio no sucumba decapitado por la crisis económica.
Recuerdo cuando una familia, que sudaba pobreza, inició un pequeño negocio, y dedicó parte de sus esfuerzos a publicidad y a las oraciones. La tienda creció peldaño a peldaño hasta convertirse en un gigante financiero y los dueños, una vez millonarios, se olvidaron los efectos que tuvo la propaganda y atribuyen sus éxitos a las rezos a la virgencita.
Yo diría que los dos hicieron el milagro: la publicidad y los rezos a la Virgencita de la Medalla Milagrosa.