A veces es sorprendente observar como los seres humanos creamos explicaciones de la realidad muy distintas de lo que se estamos viendo y nos convencemos de que esa interpretación es la única verdadera. Es lo que se llama racionalizar.
Esto es, en mi opinión, lo que está pasando con muchos de nuestros empresarios y políticos tradicionales que, frente al desarrollo mundial que está teniendo la globalización y hoy, aún mucho más que ella, la revolución del e-commerce y del e-business, donde un número casi infinito de posibles clientes, buscan los bienes y servicios que se ofrecen en la red internacional, y los pueden comparar en calidad, oportunidad y costo, con un sin número de otras ofertas similares que también pueden buscar usando su computador. Esta reciente amplitud del juego de oferta y demanda, muestra un contraste lamentable con las conocidas dos o tres cotizaciones que se pueden obtener telefoneando o visitando a las empresas del vecindario proveedoras de lo que se quiere comprar.
Es tan grande la diferencia en favor del cliente que ofrece esta nueva realidad, que no imagino que nadie que pueda acercarse a ella, vaya a dejar de usarla y disfrutar de sus ventajas. El mismo Dr. Drucker decía en la teleconferencia que nos brindó en junio 99, que el primer libro que se vendió de su última obra, fue un pedido desde Argentina a la conocida librería electrónica Amazon.com.
Sin embargo, las personas que miran esta realidad a la luz de lo que conocen del pasado, donde no existía Internet, no quieren aceptar que su uso se está extendiendo a una velocidad nunca vista, de modo que su apuesta a que pasará mucho tiempo antes de que lleguen a nuestro pueblo, es una racionalización que me cuesta creer, sobre todo a la luz de que ya se está enseñando computación e inglés en las escuelas primarias y que muy pronto habrán servicios gratuitos o a precios alcanzables para usarlos.
A quienes les cuesta aceptar la velocidad del cambio que se está dando en nuestro rededor, les convendría leer el libro de Spencer Johnson, que tiene el título de esta columna.
Se trata de un cuento en que cuatro personajes, dos ratoncitos y dos humanoides de pequeña estatura (comparable con las de los ratoncitos y que hablan su mismo idioma), viven felices dentro de un laberinto, en un recinto lleno de queso, del cual se alimentan y es la fuente de su felicidad.
Un día, inesperadamente, el queso disminuye muy rápido y, se hace evidente que se acabará muy pronto.
El desarrollo del cuento es un agudo análisis de la forma en que los cuatro personajes reaccionan frente a ese cambio en el entorno. Los humanoides añorando su pasado feliz y sintiendo la injusticia de su pérdida, dedican horas preciosas a lamentarse de la situación, en tanto que los ratoncitos aceptan con realismo su amenaza mortal y corren de inmediato a buscar una nueva quesera.
El libro es una hermosa advertencia de que habrá algunos que, jugando a la racionalización, se negarán a aceptar de que el futuro que se anuncia llegará inexorablemente y, por tanto, no tomarán medidas para enfrentarlo hasta que, quizás, ya sea demasiado tarde.