En el actual caos económico, el camarero Romero Gómez admite que debe ser el único que guarda buenos recuerdos de la Argentina de 1989, cuando un proceso hiperinflacionario con picos de 5,000 por ciento anuales se llevó los ahorros de los argentinos. Aunque el precio de un vaso de cerveza podía dispararse en sólo un par de horas, Gómez, que ""lo perdió todo"", jura que su bar en Buenos Aires nunca estuvo mejor que en esa época.
""A la gente se le pagaba a principios de mes y como sabían que el dinero iba a perder su valor en cuestión de días, se lo gastaban en salidas"", recordó Gómez. ``¡1989 fue lo mejor!, todo el mundo salía a divertirse"". La situación descrita por Gómez está a años luz de la actual. El fantasma de la hiperinflación vuelve a asustar a los argentinos, pero hoy la mitad de ellos son pobres.
Muchos temen volver a escuchar a los empleados de los supermercados usando intercomunicadores para avisar rápidamente de las subidas de precios en un mismo día, después de haber vivido más de diez años con un sistema de cambio fijo que mantuvo estables los precios. Desde la devaluación del peso, aplicada por el gobierno en enero, la tasa de inflación es de 21.1 por ciento, aunque los precios de los alimentos básicos subieron casi un 50 por ciento.
La histeria de los argentinos tras cuatro años de recesión, y la desconfianza en el peso, hace que compren dólares a cualquier precio, lo que lleva a pensar a los comerciantes que el caos llegará, tarde o temprano. ""La gente aceptó que en los próximos meses habrá el peor ambiente de negocios que uno puede imaginar"", dijo un alto ejecutivo de una importante empresa alimentaria. ``Las empresas se están preparando para la hiperinflación, ya es un hecho"".
De las incontables adversidades económicas que Argentina enfrentó en siete décadas de constante inestabilidad, la inflación es la más temida y la más familiar. En estos tiempos, las consecuencias podrían ser aún peores debido a la aguda recesión. Varios economistas dicen que un nuevo repunte desenfrenado de los precios podría colapsar el frágil sistema bancario, provocar un desabastecimiento de combustible y alimentos y forzar la renuncia del debilitado presidente Eduardo Duhalde.
Aunque la mayoría de los negocios lo niega en público, muchos se preparan para la tormenta y prefieren dejar de vender antes que recibir dinero que en poco tiempo perderá su valor. ""La primera regla de los negocios durante una hiperinflación es que uno no quiere vender. Esto contradice todo lo que uno aprende en la universidad, pero es verdad"", señaló un ejecutivo de una de las 15 compañías más importantes de Argentina.
""Tu producto vale más que el dinero; entonces, uno lo guarda a menos que se esté muriendo de hambre. Uno reduce los presupuestos de publicidad y acepta que perderá alguna cuota de mercado durante ese período"", dijo, y agregó que su empresa ya había aplicado algunas de esas estrategias. La caída de un 70 por ciento en el valor del peso frente al dólar desde enero desbordó las estimaciones oficiales de inflación.
Pero la mayoría de los especialistas cree que la estabilidad de precios es sólo un espejismo, y señala que el congelamiento de los depósitos bancarios, que limitó la circulación de efectivo, sirve para contener los precios. Casi todos los economistas y el Fondo Monetario Internacional coinciden en que el congelamiento de depósitos, que paralizó el consumo, tendrá que ser anulado tarde o temprano.