Resulta difícil cumplir este mandato por múltiples razones y esto hace el reto más interesante y anima a seguir en este difícil bregar.
Estas razones pueden agruparse en dos áreas: deficiencias normativas y problemas culturales.
Por más de 20 años, como estudioso y profesional del derecho, he dado una importancia supina a lo normativo. Hoy, estoy convencido que las normas jurídicas devienen secundarias frente a los problemas culturales que frenan el desarrollo pleno del mercado de valores en Panamá.
El inicio de la comprensión de la relación directa entre el tema cultural y el mercado se puede encontrar en trabajos variados a nivel internacional como: Federalism and Corporate Law: Reflection Upon Delaware, de W. Cary en Yale Law Review; Trust, entre otros. A nivel local en ¿Quiénes son los dueños de Panamá de W. Hughes e I. Quintero y Nepotismo y Oligarquía de F. Morales y E. Agudo.
Por razones de espacio, dejo solamente la mención de las obras. En ellas el lector encontrará las explicaciones de por qué ciertos pueblos tienen una poca cultura bursátil, poco éxito en la lucha contra la corrupción pública y privada, un escaso desarrollo de la actitud emprendedora, una falta del hábito de ahorro y una gran desconfianza producto del desconocimiento o por paradójico que parezca, gran desconfianza producto del mucho conocimiento.
Me limito a comentar en este artículo de opinión tres aspectos concretos muy puntuales.
El fetichismo en la ley. Todo se supone que se soluciona con leyes. Los cambios legislativos son una condición sine qua non, no obstante, son, por sí solos, insuficientes. El problema se inicia en: ¿Cómo y quién hace la ley? No espere mucho por ese lado a menos que se involucren personas interesadas en el bienestar general. De no ser así se aprobarán leyes sobre temas necesarios, pero con matices para acomodar intereses particulares que las harán, desde su nacimiento, ineficaces.
La no cultura de cumplimiento por una minoría y el silencio de la mayoría cumplidora. La ley se tiene que cumplir y hacer cumplir. Para que en una sociedad florezca el mercado de valores, se debe respetar, por todos sus actores, el estado de derecho y como es de esperarse cuando se den violaciones al mismo, éstas se deben castigar ejemplarmente. La regla es para todos. No para todos, menos para algunos. No debe haber tolerancia al juega vivo ni a la trampa o triquiñuela con la cual la gran mayoría no estamos de acuerdo. Las instituciones débiles deben fortalecerse. No puede haber, como hasta hora, la percepción- que ejemplos nos hacen temer que es la realidad- de personas que están por encima de la ley. Personas las cuales no solo hacen la ley a su mejor conveniencia, sino que cuando la violan no son responsables por su violación. La gente cree aquí y en otros países en desarrollo,, que hay individuos más poderosos que las instituciones, entre ellas la ley. Lo más triste es que la gente no solo lo cree, sino que parece se ha convencido que producto de alguna especie de maldición, eso siempre será así (¿fatalismo histórico?) y como solución le parece, en todo caso, que sea otro, menos el propio ciudadano, (¿algún líder mesiánico?) el que debe hacer algo para cambiar esta arraigada tradición.
La interpretación de las normas. El problema no son las normas per se, sino cómo éstas se quieran o puedan interpretar. Se debe lograr el cumplimento de principios y no de reglas. El primer modelo -de principios- logra objetivos amplios, el segundo -de reglas- en ocasiones extremas, justifica situaciones absurdas y destruye las instituciones y la credibilidad ante el público. Es materialmente imposible que las normas contemplen todas las situaciones. Corresponderá a los jueces impartir justicia con un sentido amplio y de equidad.
En un balance general estamos caminando en la dirección correcta. Tenemos mejor legislación (lejos de ser óptima, es mejor que lo que antes se tenía), la cual es apreciada a nivel internacional. Esto permite nuestra necesaria integración internacional. Se ha creado mayor conciencia en todos los actores sobre sus responsabilidades y hay hoy emisiones más transparentes y mejor estructuradas que antes. Ahora bien, no basta la buena dirección, también se requiere cierta velocidad ya que el mundo globalizado de hoy no se va a sentar a esperar a Panamá.
Sería más grato usar este espacio para presentar fabulosas estadísticas sobre crecimientos fantásticos. Me he dado cuenta que con los números se puede hacer lo que uno quiera. En un futuro no nos extrañe que otros en este preciso tema y posición así lo hagan y veamos repentinamente sorprendentes crecimientos. Eso sería muy bueno. Lo mejor aun sería, que estos aumentos sean reales y vayan en la dirección de sentar las bases de un mercado de valores moderno, transparente y eficiente, y no solo a brindar ilusiones y estadísticas maravillosas, sin beneficio real.
Los vendedores ambulantes de cruces de calles y avenidas, no portan más de 2 docenas de ejemplares piratas de discos compactos y los buhoneros en puestos móviles y semi - móviles, no tienen más de 3 docenas. En el poniente se despluman nubes
palomitas de escarcha y caramelos:
nubes de terracota y pan molido
con sabor a pastel azucarado. Somos de nuevo niños y sirenas
a ver nos llevan dulces tiburones,
langostinos en flor y descendiendo
por espirales gradas submarinas.
enamoradas coles asemejan,
mientras la luna añil de los espejos
con luces de cristal despide el día. Tantas cosas de ayer, tantos escombros
de moluscos galantes contra el frío
de chalupas y costas encalladas
con las redes dormidas, marineras! VIII
musgos, en el candil ultramarino
de un caracol de nácar que consume
celestes óleos de fulgor mojado. Brincan delfines por las glaucas dunas
y desaferran, crueles, los faroles,
las rocas, las sardinas, las guitarras,
y el deslumbrante toro del vacío. Cómo nos duele el aire en la pregunta
que la garganta esconde y desafina,
con tormentosos hielos encendidos
y pescados de colas en salmuera.
y tritones con remos como lirios
hunden también su voz en las arenas
buscando estrellamares y memorias. Ni aún los marineros son iguales
en esta sobremesa sin claveles,
que resucita rostros flotadores
y barcarolas de rubí dormido. Un lucero de plata, fiel grumete,
de su neptuno mirador divisa,
cristalino tropeles de hipocampos
abordando a estribor el fondeadero.
leños entre las jarcias, desprendidos,
y el roce de los náufragos tan suave
como el célico anís de la memoria. ¡Cuántas manos ardiendo en los cantiles
con pulseras de azufre y hielo! ¡Oh cuántos
torsos con el ardor ya moribundo
sobre las deshojadas madreperlas! Por las dársenas llora el astillero
en sótanos de espumas carceleras,
como una mariposa de relámpagos
fría entre ramblas de coral dormido. Te miro y me pregunto donde viene
esta raíz que de la tierra sube,
y el marfil que acalora tu figura
con volanderos pájaros marinos. Espanto de sentirte por la sangre,
huéspeda tutelar en las moradas
remotas que los ojos adivinan
con celestiales órbitas isleñas. En esta soledad, aunque distante
de los iluminados farallones,
el fuego que nos une nos separa
con sus gélidos yodos de berilo. X Bajo un cielo de azules golondrinas
la sombra asciende con sus pies de escamas
y transfigura el monte, centinela,
rondando entre portales de rocío. Ciudad de callejones inclinados:
púdica flor de marineros pétalos.
El pulso de la rada, detenido,
con el aire sin luz no se conforma. Duerme la madreselva y en los parques
el niño del briol muere de frío
con una vela roja entre las manos,
ajada flor de plumas salineras. Por la rampa del sur la lluvia llora
en los fustes del templo, sostenida.
El dulce mar Pacífico la escucha
sin mover una sola verde ceja. Alza la frente Dios y sus argollas
de luceros amargos palidecen
los últimos escollos navegantes
y el surtidor de estelas enfadadas. Distante, una canción, rompe las hojas
del árbol de la noche, ventolina,
y tres mangos de sombra, tres doncellas,
en lecho de espolines se desmayan.