Cifras
26%- de la población económicamente activa labora en la informalidad, según cifras oficiales.
- Los trabajadores informales no pagan seguro ni les hacen algún tipo de descuento.
- Aristides Hernández
- Economista
La economía informal en Panamá ha disminuido de 31% a 26% entre 2007 y 2011, según datos de la Contraloría General de la República. Sin embargo, la reducción de estos números no ha desinflado el ánimo de estos comerciantes, quienes al igual que la mayoría de los conductores y usuarios del transporte público, tienen que hacer por estos días, recortes a sus horas de sueño.
Y ante tanto reordenamiento vial, muchos han salido de las calles para ocupar las aceras de los colegios y lograr algunos dólares.
Luz verde al trabajo
Son las 6:55 a.m. y el país amanece arropado por una inmensa manta gris que ha retrasado la salida del sol. La radio del auto da explicaciones de un incendio en un vertedero.
Afuera del coche también hay movimiento. Por un vidrio a media ventana, se introduce una voz chillona que anuncia lotería, toallas y agua embotellada. El sonido enojado de las bocinas de otros carros también se cuela dentro del vehículo que resulta ser la oficina, transporte y casa de Imanuel Borelli, su conductor.
Él es un extranjero que compra y revende artículos varios, siempre y cuando quepan en su Peugeot de 1995. Este pecoso argentino lleva tres años comercializando chécheres fuera del colegio Richard Neumann. Desde entonces obtiene entre $35.00 y $50.00 al día, según narra.
“Las que más compran son las chicas. Vienen por ganchos, espejos y colitas. Cuando entran a la escuela con prendas inadecuadas, las rebotan y vienen a mi puesto”, sostiene el sujeto que lleva un suéter ajustado con el símbolo de la banda británica Rolling Stones.
Con la lengua afuera, tal como el ícono del inmortal grupo inglés que mostraba Imanuel en su pecho, encontramos a “doña Luara”, como la llama un chiquillo guna que le paga 0.35 por un peine color pastel. Ella lleva siete años ofreciendo ensaladas de frutas, peinetas y pastillas fuera del colegio Monseñor Francisco Beckmann, en Las Cumbres. Tanto laburo (trabajo) le ha servido para graduar a su única hija en Administración de Empresas.
“Mi hija me ha ayudado a conocer un poco más sobre economía. Ya sé que esto es un trabajo informal, pero tengo permiso de la escuela y carné de salud”, asegura.
A pesar de que estos ciudadanos llevan ingresos a sus hogares de manera honrada, las autoridades de salud no avalan la práctica.
“Hemos advertido innumerables veces a los estudiantes y demás consumidores que se abstengan de comprarle a estos señores, sobre todo si manipulan alimentos”, aseguró Jorge Hassán, director de la Región Metropolitana de Salud del Ministerio de Salud.
En la travesía se llega al Instituto América. Allí una joven arruga el rostro luego de morder una tajada de mango. Se la compró a Martina, una mujer que se refugia bajo un parasol tan amarillo como la fruta que vende en bolsitas transparentes. “Le he sacado provecho a cinco años en este puesto. Mi esposo se jubiló hace dos años y desde entonces pago el agua y la luz”, alude esta señora que también atiende a los taxistas que circulan lento por la vía para adquirir su “ensaladita”.
En el Ministerio de Educación tampoco ven con buenos ojos la venta ni el consumo de alimentos fuera de las escuelas. “Nosotros no nos hacemos responsables de lo que le pase a los estudiantes por comprar y consumir cosas fuera de los colegios”, aclaró Dalba Caballero, directora nacional de Nutrición y Salud Escolar del Meduca.
Tramo de dólares
El recorrido por los planteles prosigue cuando el reloj pone uno de sus dedos sobre el ombligo del día, momento en el que el sol comienza su verdadero trote.
A esa hora, un enjambre de chiquillos del Instituto Comercial se despoja de las clases y de sus abrigos, son como quieren ser. Fuera de ese colegio también hay puestos ambulantes.
“Mira que aquí estamos muy bien, tenemos permiso de la escuela, pero no podemos vender nada de alimentos, salvo frutas en envases plásticos”, mencionó “Alida”, una fémina que aseguró que en solo dos años comercializando lápices, bolígrafos y frutas ha podido comprar un juego de sala, plasma, una nevera y hasta ayuda a su esposo a pagar la casa que compraron en Las Cumbres.
Según el analista económico Aristides Hernández, las personas que practican el comercio informal lo hacen por dos razones. “Porque no pagan seguro ni le hacen algún tipo de descuento. La segunda es porque muchas veces ganan más del sueldo mínimo”.
Otro aspecto poco favorable de esta práctica, según las autoridades, es que “ganan entre un 36% y un 80% menos que los trabajadores del sector formal”, señaló Rogelio Alvarado, del departamento de Análisis Económico y Social del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF).
A los protagonistas poco les importan esos números con tal de sumar para llevar pan a sus casas.
El día se acaba, pero muy a pesar de las vicisitudes en la calle, estos panameños salen a diario a pescar un trozo de ese crecimiento económico en una urbe revuelta.