La Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición (CIN2), celebrada recientemente en Roma, reservaba para el segundo día un momento muy especial, para mí particularmente. El papa Francisco visitaría por primera vez la sede central de la FAO en Roma, para participar en la CIN2.
Su Santidad llegó a la FAO en medio de una enorme expectación. Lo recibí en la entrada principal y caminamos unos pasos juntos hasta que se paró en el vestíbulo de entrada, frente a las placas en las que está inscrito el preámbulo de la Constitución de la organización en sus seis idiomas oficiales.
En ese instante, el pontífice leyó en voz alta: “Elevar los niveles de nutrición y la calidad de vida de las personas y liberar a la humanidad del hambre”. Se volvió hacia mí y me dijo: “¡Qué noble misión!”.
El santo padre repitió estas palabras en su discurso a los participantes de la CIN2, que incluía ministros y delegados de más 170 países.
El mensaje del papa fue claro: La erradicación del hambre, uno de los principales propósitos que motivaron la creación de la FAO, no se logrará si no está guiada por el principio de solidaridad.
El papa Francisco aseguró que hay una gran falta de solidaridad entre los Estados y, consecuentemente, entre las personas que habitan en ellos. Si las diferencias de intereses económicos entre los Estados y entre las personas se mantienen, la solución para el hambre y la malnutrición difícilmente dejará de ser un compromiso y se traducirá en acciones concretas.
Como afirmó el pontífice, la mera elaboración de leyes -como el derecho a la alimentación y el derecho a la vida- no siempre tienen un impacto positivo en las necesidades de las personas que pasan hambre.
No pude evitar pensar en lo que digo siempre: a pesar de que hay alimentos suficientes para alimentar a todos, una de cada nueve personas pasa hambre en el mundo. O sea, la solidaridad – el concepto clave del discurso del papa- es más que una recomendación. Es un llamamiento a los gobiernos, a las entidades, a las empresas y a las personas. Es un imperativo moral repartir la riqueza, las rentas y, por supuesto, los alimentos.
La falta de solidaridad, como dijo el papa en su intervención, es fruto de la prevalencia de los beneficios y de la prioridad atribuida al mercado.
Mientras los alimentos sigan reducidos a la condición de mercancías, los pobres y los hambrientos continuarán esperando para poder ejercer sus derechos mínimos y tener medios de vida decentes.
Me gustaría destacar también otra reflexión del papa Francisco en su discurso: hay un desequilibrio en la distribución de la comida, pero también en el modo en el que nos alimentamos. Al mismo tiempo que alguna gente no come lo suficiente, otros comen de forma equivocada o excesiva.
Por eso quiero reiterar nuestro mensaje principal de la CIN2: la nutrición debe ser considerada un asunto público. La malnutrición es una de las mayores amenazas para la salud de las personas y para su bienestar. Además, impone gastos sociales, de salud y económicos elevados e inaceptables, especialmente en los grupos más vulnerables de la sociedad, como mujeres, niños y mayores. También tiene un impacto negativo en el desarrollo físico y cognitivo humano y, por lo tanto, sobre la productividad y el crecimiento económico de los países.
La mejora de la nutrición y la garantía de que todos tengan acceso a una dieta saludable no son responsabilidades que puedan ser atribuidas de forma individual. La nutrición es una cuestión pública que debe ser abordada, en un diálogo solidario y fraternal, por gobiernos y sociedad civil.