El PRD: &#191Disciplina partidaria o terrorismo político?


El andamiaje político del PRD se ha visto sacudido por una serie de incidentes, disidencias y contradicciones que ha revelado la endeble sustentación de la hipotética "disciplina del partido", esgrimida como expresión coercitiva para acallar las autocríticas de los afiliados. En cada ocasión que se levantó la voz para protestar por los lineamientos gubernamentales o para impugnar pretensiones personalistas en el manejo del aparato del Estado, una oscura maquinaria invocaba la "línea partidaria" haciendo ver ante la faz del país que esas voces procedían de solapados traidores o de encubiertos enemigos de la organización política.
Con procedimientos más sutiles que los esgrimidos por los radicales robesperrianos de la Revolución Francesa o por el férreo monopartidismo stalinistra de la Revolución posrrevolucionaria, la dirigencia del PRD ha procurado la hegemonía política sobre sus miembros con el flujo de una corriente subterránea de presiones, controles y veladas amenazas que para el observador poco avezado puede parecer una bien fundada disciplina de partido.
Es cierto que no se utiliza la guillotina bajo la cual rodaron las cabezas de los disidentes thermidorianos y no se envían a los críticos a las heladas estepas siberianas, ni siquiera se llevan a juicio ante el Comité de Honor y Disciplina. Pero se utiliza el descrédito público y las campañas insidiosas sin pruebas de sustento que son formas de decapitar políticamente al adversario; o bien se les mantiene segregados de las esferas de participación y de las posiciones del partido, le son cerradas las puertas de los despachos y se les cubre con el limbo del anonimato, formas modernas del exilio político.
Las recientes renuncias y las denuncias públicas de corrupción y nepotismo, sumadas al "quítate tú para ponerme yo" resultante de las primarias, han convertido al organismo en una gigantesca masa gelatinosa a la cual nadie sabe cómo asirse y mucho menos qué esperar. La gran mayoría ha preferido acallar su disconformidad manteniendo el bajo perfil para no ser arrasados por la marejada, pero algunas voces airadas han denunciado las estratagemas, las manipulaciones y las torceduras de brazos recibiendo a cambio la burla o la estigmatización. Basta con analizar algunas de las causales de las recientes renuncias, catalogadas por los teóricas del partido y por la dirigencia como "actos de traición", para comprender como funciona el mecanismo.
En el caso de la doctora Edith Jiménez de Bethancourt la renuncia surge como el resultado de una larga cadena de trapacerías en su contra para privarla de la legislatura legítimamente ganada en 1994 y de la postulación en las primarias de 1998. A la denuncia de fraude y a la solicitud de revisión de las actas, la respuesta oficial del partido fue catalogarla de "desquiciada" y desacreditar su militancia dentro del partido. Sus esfuerzos por fundar y consolidar el partido y sus veinticinco años de militancia partidista fueron arrojados al desaguadero con las declaraciones del Sr. Gerardo González.
El caso de Alfredo Oranges, todavía más patético, producto de su aspiración a postularse a las primarias en el caso de que Pérez Balladares no fuera favorecido en la reelección, obtuvo una de las campañas de persecución más intensas del país en los últimos tiempos. En primer lugar se acusa a su hijo, sin poderlo demostrar después, de representar a una empresa pirata de comunicaciones, y luego se le arrastra por todos los medios de comunicación con una campaña de lavado de dinero que nunca fue probada y desmentida por las autoridades italianas. Campaña que obligó a radicalizarla su posición frente a la reelección y a lanzarse a las primarias contra el aparato oficial. Las denuncias de adulteración de las actas y de omisiones en el padrón electoral nunca fueron esclarecidas y el nombre de Oranges borrados de los anales del partido y prohibida su mención.
Por su parte, la desidencia de María Carter ha sido objeto de otro tratamiento, que aún por divertido no deja de tener una alta dosis de crueldad, haciendo que los diarios y sus comentaristas radiales hagan una referencia irónica o de mofa a la personalidad de la dirigente popular, para establecer de esta manera un patrón de ridiculización del acto. Quedan así, borradas las caminatas con el General Torrijos, la organización de núcleos populares y la dedicación al deporte de niños y jóvenes en las comunidades marginadas que fue su principal contribución proselitista y a la cual tanto apoyo le dio el desaparecido general.
Con estas indicadores son muy pocos los que se atreverían a levantar la voz o a realizar la autocrítica de las acciones y estructura del partido, pues la espada de Damocles pende sobre las cabezas de aquellos pende sobre las cabezas de aquellos que se atrevan a pensar o actuar de manera diferente a la gerontocracia de la cúpula. "Ver, sufrir o callar" parece ser el código disciplinario del PRD al cual están sometidos sus miembros en una patológica disposición masoquista. A este conformismo enfermizo no escapa ni siquiera el joven candidato presidencial, que hasta el momento no ha querido o no ha podido pronunciarse sobre las acciones gubernamentales y políticas de su partido o de su gobierno que afectan sensiblemente la marcha de su campaña.
No pretendemos que los ideólogos del PRD se sumerjan ahora en escabrosos textos en busca de las explicaciones filosóficas y sociológicas sobre los mecanismos de terror en la institucionalización de los procesos políticos, además no les pagan ni tienen tiempo para eso, pero no estaría de más que algunos interesados se asomaran a las páginas de Humanismo y terror de Maurice Merleau-Ponty o la Crítica de la razón dialéctica de Jean Paul Sartre, es posible que encuentren en ellos la radiografía del síndrome del miedo que consume su partido.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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