El mundo árabe se enteró ayer con sorpresa e incredulidad con la esperanza de que otros regímenes opresores corran la misma suerte del presunto derrocamiento del presidente iraquí Sadam Hussein, aunque algunos lamentaron la ausencia de la victoria que prometió el mandatario.
“¿Por qué cayó de esta manera? ¿Por qué tan rápido?’’, se preguntaba Umm Ahmed, mientras las lágrimas corrían por su rostro. Es un cobarde. “Me siento apenado por su gente’’, expresó el yemení.
Tan pronto como se escucharon las primeras noticias sobre la aparente caída de Sadam, los árabes se agolparon ante las vitrinas de los comercios que tenían televisores, en bares, restaurantes y oficinas para ver la entrada de las fuerzas estadounidenses en la capital iraquí.
Algunos apagaron sus televisores, disgustados con las escenas provenientes de Bagdad de multitudes felices celebrando el arribo de las huestes norteamericanas.
Por otra parte, Tannous Basil, un cardiólogo de 47 años del puerto meridional libanés de Saida, dijo que el régimen de Sadam era una dictadura y se tenía que terminar.