Schiavone, sin límites
París, 5 jun (EFE).- Al borde de la treintena y contra todo pronóstico, Francesca Schiavone ha demostrado que "todo el mundo tiene la oportunidad de ser quien quiera ser, de hacer lo que quiera con su vida" y se ha convertido en la primera italiana de la historia en besar la arena de París como campeona de Roland Garros.
"Superar los límites (...) Eso es lo que me ha pasado a mí". Así definió su gesta la segunda jugadora más veterana de la historia en conseguir su primer título de Grand Slam, más de cuarenta años después de que la británica Ann Jones triunfase en Wimbledon.
Schiavone, "Schivo", no destaca en ninguna faceta técnica del juego. Ni su servicio, ni su revés, ni su derecha son demoledores. No es la que más rápido corre ni la que mejor resta, ni tampoco la más alta, ni la más fuerte.
Aún así, ha conseguido poner fin al "cuento de hadas" de la australiana Samantha Stosur, en palabras de su rival.
Y todo porque el deporte no es un engranaje minucioso y preciso cuyos resultados se puedan anticipar a tenor de las estadísticas, y porque a veces la táctica y el esfuerzo rellenan lo huecos que no quiso ocupar el talento.
Por eso una jugadora que llegó a París como decimoséptima favorita -y que el próximo lunes pasará a ser la sexta mejor jugadora del mundo- se lleva el título a Milán, el tercero y el más importante de su carrera, tras más de diez años como profesional.
Entre broma y broma en sala de prensa, esta hincha del Inter de Milán, expresiva y jocosa, explicó que su "táctica" para la final pasaba por subir mucho a la red, jugar con agresividad e ir a buscar los puntos, a ganarlos, a arrancarlos de la pista y para meterlos en su cesta. Hablaba la experiencia de una tenista que maduró tarde.
"No debía de estar preparada antes", aseguraba una Schiavone que además del cheque de los organizadores del torneo (1.120.000 euros) volverá a Italia con otros 400.000 euros que le había prometido el presidente de su federación de tenis, Angelo Binaghi.
Aunque "Schivo" había dado pistas de que podía hacer algo importante en el tenis y el año pasado se había metido en cuartos de final de Wimbledon y ocho años antes había llegado al mismo escalón en Roland Garros, los destellos de éxito no llegaron hasta 2010.
En concreto hasta el pasado abril, cuando Italia eliminó a la República Checa en la semifinal de la Copa Federación y se ganó el derecho a disputar el título en septiembre contra Estados Unidos, como visitante y con Flavia Penetta como compañera de armas de Schiavone.
Probablemente EEUU no querrá jugar en tierra batida, con lo que Schiavone no podrá besar la arena, la que ha sido su marca personal cada vez que eliminaba a una rival importante en un cuadro en el que se deshizo de las rusas Elena Dementieva, Maria Kirilenko y Regina Kulikova, de la danesa Caroline Wozniacki, de la china Li Na y de la australiana Sophie Ferguson.
"Soñar con ello fue la clave. Mi padre me ha dicho: es el torneo con el que has soñado siempre", comentó Schiavone, asida a la copa que acababa de ganar y que acariciaba con mimo sabiendo que después de las fotos el flamante premio volvería a la estantería de Roland Garros y ella debería de conformarse con una réplica en miniatura.
No le importa, aseguró, porque la réplica que se llevará a Milán tiene su nombre inscrito y eso ya no podrá borrarlo nadie.
"Schivo" había ganado Roland Garros. Flotaba, bromeaba, disfrutaba y respiraba hondo mientras asumía que había llegado a la meta para la que llevaba trabajando toda una vida.
Y ante tanta pregunta en una sala de prensa abarrotada la italiana, que se acababa de ganar una merecida y sufrida plaza en el Olimpo del tenis, se quedaba sin más sinónimos para describir sus emociones.
"¿Qué dice Federer, qué dice Rafa cuando están aquí?", bromeó una tenista que no sabía dejar de sonreír.
"Superar los límites (...) Eso es lo que me ha pasado a mí". Así definió su gesta la segunda jugadora más veterana de la historia en conseguir su primer título de Grand Slam, más de cuarenta años después de que la británica Ann Jones triunfase en Wimbledon.
Schiavone, "Schivo", no destaca en ninguna faceta técnica del juego. Ni su servicio, ni su revés, ni su derecha son demoledores. No es la que más rápido corre ni la que mejor resta, ni tampoco la más alta, ni la más fuerte.
Aún así, ha conseguido poner fin al "cuento de hadas" de la australiana Samantha Stosur, en palabras de su rival.
Y todo porque el deporte no es un engranaje minucioso y preciso cuyos resultados se puedan anticipar a tenor de las estadísticas, y porque a veces la táctica y el esfuerzo rellenan lo huecos que no quiso ocupar el talento.
Por eso una jugadora que llegó a París como decimoséptima favorita -y que el próximo lunes pasará a ser la sexta mejor jugadora del mundo- se lleva el título a Milán, el tercero y el más importante de su carrera, tras más de diez años como profesional.
Entre broma y broma en sala de prensa, esta hincha del Inter de Milán, expresiva y jocosa, explicó que su "táctica" para la final pasaba por subir mucho a la red, jugar con agresividad e ir a buscar los puntos, a ganarlos, a arrancarlos de la pista y para meterlos en su cesta. Hablaba la experiencia de una tenista que maduró tarde.
"No debía de estar preparada antes", aseguraba una Schiavone que además del cheque de los organizadores del torneo (1.120.000 euros) volverá a Italia con otros 400.000 euros que le había prometido el presidente de su federación de tenis, Angelo Binaghi.
Aunque "Schivo" había dado pistas de que podía hacer algo importante en el tenis y el año pasado se había metido en cuartos de final de Wimbledon y ocho años antes había llegado al mismo escalón en Roland Garros, los destellos de éxito no llegaron hasta 2010.
En concreto hasta el pasado abril, cuando Italia eliminó a la República Checa en la semifinal de la Copa Federación y se ganó el derecho a disputar el título en septiembre contra Estados Unidos, como visitante y con Flavia Penetta como compañera de armas de Schiavone.
Probablemente EEUU no querrá jugar en tierra batida, con lo que Schiavone no podrá besar la arena, la que ha sido su marca personal cada vez que eliminaba a una rival importante en un cuadro en el que se deshizo de las rusas Elena Dementieva, Maria Kirilenko y Regina Kulikova, de la danesa Caroline Wozniacki, de la china Li Na y de la australiana Sophie Ferguson.
"Soñar con ello fue la clave. Mi padre me ha dicho: es el torneo con el que has soñado siempre", comentó Schiavone, asida a la copa que acababa de ganar y que acariciaba con mimo sabiendo que después de las fotos el flamante premio volvería a la estantería de Roland Garros y ella debería de conformarse con una réplica en miniatura.
No le importa, aseguró, porque la réplica que se llevará a Milán tiene su nombre inscrito y eso ya no podrá borrarlo nadie.
"Schivo" había ganado Roland Garros. Flotaba, bromeaba, disfrutaba y respiraba hondo mientras asumía que había llegado a la meta para la que llevaba trabajando toda una vida.
Y ante tanta pregunta en una sala de prensa abarrotada la italiana, que se acababa de ganar una merecida y sufrida plaza en el Olimpo del tenis, se quedaba sin más sinónimos para describir sus emociones.
"¿Qué dice Federer, qué dice Rafa cuando están aquí?", bromeó una tenista que no sabía dejar de sonreír.