El activista Anna Hazare rompió hoy el ayuno que mantenía desde hace doce días en Nueva Delhi tras el anuncio de que Parlamento indio asumirá su exigencia de reforzar la lucha contra la corrupción, algo sin precedentes en este país.
Hazare finalizó su protesta después de que el primer ministro indio, Manmohan Singh, le comunicara por carta que la Cámara se plegaba a su demanda, lo que medios locales interpretan como una histórica victoria de la sociedad civil sobre la clase política.
Tras recibir anoche la misiva -en la que Singh aseguraba que "la voluntad del Parlamento es la del pueblo" cuando hasta entonces rechazaba de plano su petición-, el activista bebió esta mañana un vaso de agua de coco mezclada con miel que le ofrecieron unas niñas.
Hazare tomó a continuación la palabra para agradecer su apoyo a las decenas de miles seguidores que se habían congregado en la céntrica plaza de la capital india donde ha mantenido su ayuno y a quienes advirtió que se trataba de "un triunfo, a medias".
"Suspendo el ayuno, no lo doy por concluido. La lucha seguirá hasta que apruebe el Lokpal (la ley anticorrupción)", dijo el activista, que exige que esa legislación abarque a toda la administración, se aplique en todo el país e incluya una carta de derechos ciudadanos.
Entre cánticos y vítores de sus simpatizantes, Hazare fue trasladado después a un hospital de Gurgaon (sur de Nueva Delhi), donde permanecerá durante dos días para ser sometido a un exhaustivo chequeo médico debido a su deteriorado estado de salud.
De 74 años, Hazare ha perdido siete kilos y padece debilidad extrema por haberse negado a recibir alimentación intravenosa.
Se pone a si punto y aparte a una protesta que ha despertado una masiva ola de simpatía que se ha extendido por las principales ciudades indias hasta transformase en la mayor movilización popular en contra de la corrupción desde la independencia del país en 1947.
Y que con otro formato puede proseguir en el futuro.
Según sus asesores, además de la enmienda de la ley Lokpal, el activista pretende una reforma de la ley electoral, lo que considera "el siguiente paso" en una campaña de moralización que ha puesto en jaque a la clase dirigente y cuyo desarrollo es incierto.
De inspiración gandhiana, Hazare cuenta, sobre todo, con el apoyo de la clase media urbana de confesión hindú en un país donde la población rural es todavía mayoritaria y en el que representantes de las principales minorías se han mostrado críticos con su discurso.
Líderes sij, musulmanes y de los llamados "dalits" o "intocables" -que ocupan el escalafón más bajo en el sistema de castas-, han acusado a Hazare de defender solo los intereses de los hindúes y de vínculos con los sectores más extremistas de esa comunidad.
Antiguo militar, Hazare inició su carrera como activista en el poblado de Ralegan Sidhi, en el oeste indio y donde un impuso una autoridad que denomina "de consenso" con el argumento de que "las elecciones traen política partidista, y destruyen la unidad".
Tras prohibir -por "consenso"- el consumo de alcohol en Ralegan Sidhi, Hazare y sus seguidores han llegado en ocasiones a atar a las columnas de los templos a quienes aparecieran borrachos, según relata el autor Mukul Sharma, en un libro de próxima aparición.
A la incógnita que plantea la posibilidad de que Hazare imponga derivas de esa naturaleza a mayor escala se suma la incertidumbre sobre la repercusión que en el sistema institucional tenga esta primera victoria del activista en su pulso con el poder político.
Singh cedió ayer a la demanda de Hazare tras un acalorado debate parlamentario en el que todos los grupos quisieron dejar claro que la soberanía popular solo descansa en las instituciones elegidas democráticamente, y que no aceptan otro tipo de representación.
Pero todos los grupos acabaron por aceptar la exigencia de Hazare ante el peligro de que la situación escapara de control.
El panorama que ha ofrecido la India en los últimos doce días ha llevado a algunos observadores extranjeros a comparar el "fenómeno Hazare" con la conocida como primavera árabe, por tratarse de un movimiento social que se ha rebelado contra la instituciones.
En declaraciones a Efe, el analista indio Tarun Basu mostró, sin embargo, su desacuerdo.
Basu recordó que en la India existe la corrupción pero también la posibilidad de denuncia, y que "pese a todas sus contradicciones, complejidades y su caos inherente" se trata de un país que, con 1.200 millones de habitantes, es la mayor democracia del mundo.
Por Alberto Masegosa
Anna Hazare, un "indignado" contra la corrupción en la India
El gorro gandhiano y el tradicional camisón y pantalón blancos típicos de la India dan pistas sobre las ideas que han inspirado al activista "Anna" Hazare, de 74 años, para guiar la mayor acción contra la corrupción en décadas en este país.
El activista, nacido no lejos de Bombay en 1937 con el nombre Kisan Baburao Hazare, es un ex militar que tras salvar dos veces la vida de manera casi milagrosa se comprometió a mejorar la existencia de los demás de acuerdo con el mensaje de "Mahatma" Gandhi.
El líder gandhiano ha concluido hoy un ayuno de doce día ante miles de seguidores para lograr la aprobación en el Parlamento de una ley contra la corrupción y ha concitado una fuerte atención mediática mundial, aunque en realidad lleva décadas concentrado en su activismo.
Hazare abandonó del Ejército indio en el año 1978, cuando ya conocía las obras del propio Gandhi y de otro de sus seguidores, Vinobha Bhave, e inició un proyecto gandhiano en el pueblo de Ralegan Sidhi, hasta entonces un foco de miseria y subdesarrollo.
Allí, guiado por los modelos rurales de Gandhi a comienzos y mediados del siglo XX, el ex militar implantó un sistema guiado por la participación y el consenso, y se embarcó en un proyecto de construcción de regadíos agrícolas y desarrollo sostenible.
No escapó, sin embargo, de algunos aspectos sombríos de la ideología gandhiana: aunque luchó contra la intocabilidad, presionó a los intocables locales -que ocupan el escalafón más bajo en el sistema de castas- hasta lograr que se hicieran vegetarianos.
Los nombramientos de Ralegan Sidhi son por consenso y no electivos, ya que para Hazare "las elecciones traen política partidista y dividen a la gente, y destruyen la unidad del pueblo", según el testimonio del autor Mukul Sharma, que prepara un libro de próxima aparición.
Tras prohibir -por "consenso"- el consumo de alcohol en Ralegan Sidhi, mantiene Sharma, Hazare y sus seguidores decidieron atar a columnas de los templos a quienes aparecieran borrachos, y allí eran flagelados, en ocasiones por el propio activista.
"¿No da una madre medicinas amargas para los niños enfermos cuando sabe que la medicina les puede curar? Al niño puede que no le guste, pero la madre lo hace porque quiere cuidarlo", dijo al respecto el activista, por lo demás un hombre querido y respetado.
Su visión autoritaria de la justicia le ha granjeado críticas a la izquierda y ese mismo liderazgo "benevolente" ha alimentado su popularidad a la derecha, pero con su "cruzada" contra la corrupción Hazare ha logrado conectar con amplios sectores de la población.
Hazare inició una campaña gandhiana en abril en Nueva Delhi para luchar por la aprobación en la India de una ley fuerte contra la corrupción, un mal endémico del país asiático que se ha hecho aún más evidente con la sucesión de escándalos que afecta al Gobierno.
Su iniciativa enseguida captó la atención de los medios indios y le dieron su apoyo activistas bien conocidos, como Arvind Kejriwal, Shanti Bhushan o Kiran Bedi, y populares gurús con fuertes instintos para atraer a las masas (y para los negocio), como Baba Ramdev o Sri Sri Ravi Shankar.
Tras varios meses de negociaciones infructuosas con el Gobierno, que proponía su propia ley anticorrupción, Hazare fue arrestado durante unas horas el pasado 16 de agosto por organizar un ayuno en Delhi pese a no contar con el permiso de la Policía.
Miles de personas marcharon en solidaridad con el activista hasta las puertas de la cárcel delhí de Tihar, y aguardaron su puesta en libertad, tras lo cual se dirigió con ellos ya con permiso oficial, a la explanada capitalina de Ramlila para continuar con la huelga de hambre.
Con la resolución de su pulso con el Gobierno aún pendiente, los medios han señalado que la protesta mostraba tanto un hartazgo de las clases medias con sus políticos, mal considerados, como el difícil encaje que tiene el "gandhismo" en una democracia.
Como ya hicieron otros activistas gandhianos, la apuesta por el ayuno de Hazare es decidida: "No pondré fin a mi huelga de hambre hasta que la Jan Lokpal (su proyecto de ley) sea aprobada en el Parlamento. Puedo morir pero no me someteré", había advertido.
Lo que planteó al Gobierno un dilema peliagudo: si no cedía, se arriesgaba a un creciente descontento social; si cedía, lo que ha ocurrido, la fuerza del ejemplo "gandhiano" podría ahora animar a otros activistas seguir su ejemplo paa lograr la demandas al Estado.
Por eso, Rahul Gandhi, a quien muchos analistas ven como futuro líder del gubernamental Partido del Congreso, aseguró esta semana en el Parlamento que la protesta de Hazare, por gandhiana que sea, sienta un "precedente peligroso" para la democracia en el país.
Por Diego Agúndez.