E l viernes 18 de enero, Ramón Domínguez llegó al hipódromo de Aqueduct en la gélida, pero siempre agitada ciudad de Nueva York, para realizar algo que había hecho 21,267 veces: montar caballos en una tarde de carreras.
Como es usual, los entrenadores le habían confiado la mayoría de los favoritos a 'Moncho'. Él es, hoy por hoy, el mejor jinete en Estados Unidos. Después de las primeras seis carreras de la tarde, el látigo venezolano había ganado una y falló en otras tres. No siempre se gana, pero nadie imaginaba que la tarde se pondría más gris.
Domínguez, que también se estaba preparando para asistir al día siguiente a recibir por tercer año seguido el Premio Eclipse por haber liderado a todos los jinetes de la nación con más de 21 millones dólares en sumas ganadas, se presentó a la séptima carrera para cabalgar sobre 'Convocation', otro favorito.
Su caballo salió sexto del partidor, en medio de un grupo de ocho competidores. El potro intentaba ganar una mejor posición cuando tropezó repentinamente con otro animal, y ´Moncho' fue a parar sobre la pista. El hipódromo enmudeció. Ramón Domínguez, el jinete que nadie deja fuera de la jugada, yacía sobre el barro en espera de asistencia. Al poco tiempo se lo llevaron al Jamaica Hospital y después se regó como pólvora la noticia de que el jinete de 36 años estaba en cuidados intensivos con un ojo cerrado y una fisura en el cráneo. Un eclipse había llegado a su carrera, pero no se parecía en nada al premio que estaba por recibir.
Las primeras versiones daban cuenta de una fractura, pero después se pudo saber que la lesión encefálica se limitaba a una fisura; algo menos severo. Pocas horas después recobró el conocimiento y los doctores reportaron que se encontraba fuera de peligro.
Después de estar recluido en la Unidad de Cuidados Intensivos Neurológicos del Hospital Presbiteriano de Nueva York, donde fue trasladado y permaneció más de diez días, el jinete venezolano fue dado de alta esta semana y está por iniciar un proceso de rehabilitación que pueda traerlo de vuelta a las pistas.
Como suele suceder en estos casos, los accidentes dicen presente en el momento menos oportuno. Un día antes de recibir, por tercera vez consecutiva el Eclipse, hazaña sin precedentes y justo cuando estaba con un ritmo productivo que le había puesto a solo 16 ganadores de alcanzar su victoria 5,000, sobrevino la debacle.
Tres semanas han pasado desde este infortunado episodio, y la ausencia de Ramón Domínguez se siente. Es difícil no extrañar a alguien que se atrevió a arriesgar su vida más de 21 mil veces para hacernos disfrutar el hermoso espec-táculo de las carreras de caballos y que permitió que, entre todos los dueños de caballos que confiaron en su aplomo y destreza, acumularan $191,563,098 en premios. En las montas que realizó también tuvo a 3,855 segundos y 3,160 terceros.
Pero no hay caída ni hay ausencia - por más difícil y prolongadas que sean- que puedan eclipsar el brillo de este manos de seda caraqueño que llegó a Estados Unidos en 1996, y se instaló al principio en la Florida hasta llegar a Nueva York, donde ha plantado bandera. Sus números hablan por él y la gente añora su regreso.