"En Colombia nos masacran la vida, en Panamá nos acaban el alma". Libres, tal vez, de la violencia, pero presos en unas tierras que no les pertenecen, viven cientos de colombianos que huyeron de su país y buscaron refugio en las apartadas comunidades del Darién. El Panamá América se trasladó hasta el área y allí conoció a Calixto, uno de esos colombianos. El y su mujer fueron avisados por el ruido del motor en las aguas del Tuira, de que una visita inesperada cambiaría la rutina de aquel mediodía.
Y así fue. Luego de una hora de viaje en bote, desde Boca de Cupe (a unas tres horas y media de El Real) llegamos a Calle Mamey. De inmediato descendieron de aquella espesa montaña Los Villadiego: Rubiela, de 23 y Calixto de 36 años. Una contagiosa sonrisa de ambos nos llevó a sentir que los conocíamos desde hace mucho.
Víctor Alcázar, "vocero de los refugiados", título que según dice, recibió gustoso hace pocos días durante una reunión con estas personas en Paya, nos acompañó durante el recorrido a lo largo del río. A su grito de "hostia", equivalente a un "hola", "qué tal" o "qué hubo", respondían niños y adultos. Era obvio que "Nengue", como se le conoce, no era nuevo por esos lares. Eran pocos los minutos que nos separaban del mediodía, pero para entonces Rubi, como ya habíamos decidido por consenso llamarle, casi tenía listo el almuerzo.
Calixto había vuelto del campo y aunque los malestares de un resfriado lo agobiaban, no vaciló en sentarse a conversar sobre las vicisitudes que vivió en su natal Colombia, las que lo obligaron a huir con sus siete hijos (tres propios y los otros cuatro casi adoptados) y otras ocho familias, hace cuatro años. Es un hombre robusto, pero con sobradas razones: el guiso de Rubi, que tuvimos oportunidad de degustar, es un manjar de dioses.
"Allá teníamos todo, nuestra casita, los animales y nos tocó abandonarlo", recuerda Calixto, mientras mira al horizonte como buscando consuelo a su desesperanza. La travesía les tomó unos 15 días a través de "montes, ríos y trochas desconocidas". Al salir se abastecieron sólo con lo necesario, porque una carga pesada, además de retrasar el recorrido, significaría un obstáculo difícil de salvar.
En realidad, este protegido y su primera esposa se separaron estando ya en territorio panameño. Tiempo después, conoció a su actual compañera, también colombiana. "En el camino comíamos plátano o cualquier cosita por ahí", dice y, de pronto... el sonido del aceite al calentarse desvió nuestras miradas hacia la cocina de Rubi, quien nos avisaba que la comida estaba casi lista.
Durante el almuerzo, Calixto prosiguió la plática. Una exquisita sopa con mucho ñame cultivado en las tierras que ocupan, y trocitos de tuna, acompañados de arroz, fue el plato servido, que se hizo merecedor de elogios por su sabor particular. "Cuando llegué, como que le caí en gracia a un hombre que me regaló una parcelita de tierra, pero vivíamos más apartados, hasta que nos mudamos acá (a orilla del río)", continuó.
Al preguntarle por sus hijos, sus ojos parecían no contener las lágrimas. Tal vez porque recordó que aunque están a sólo una hora, pues viven con su madre en Boca de Cupe, su condición de protegido temporal y la falta de un carné, le impide visitarlos con frecuencia.
Se armó de valor y nos dijo luego..."yo hago todo el esfuerzo humano posible para mandarles algo para la escuela, pero mis hijos a veces pasan hambre, así que se tienen que quedar allá". A pesar de la rigurosidad de la cultura indígena en Darién, todos los entrevistados en el área coincidieron en que "los indios nos trataron muy bien cuando llegamos". En el caso de Calixto, mencionó que "unos me daban el día de trabajo, otro me daba una gallina y esto nos ayudaba mucho".
Otras palabras que se repitieron constantemente fue la respuesta a la pregunta de si les gustaría regresar a su terruño. Todos sin excepción dijeron: "si Colombia mejora". Mientras tanto, en Rubi perduraba una sonrisa que daba cuenta de su complacencia ante nuestra presencia. Luego de lavar los platos y de dejar todo en orden, se incorporó a la conversación.
Aquel panorama era desolador: una choza de pencas, cuyo techo no resistió los embates de un fuerte viento que azotó esa tarde Calle Mamey. Era una casa sin puertas y con una cama nupcial que empieza a ceder ante los años. En la entrada de la cocina que, según observamos, es el sitio preferido de esta muchacha, cuelga un arreglo de latas de una cerveza local.
Una vez dentro, un desfile de ollas impecables capta de inmediato la atención. Todos los cubiertos juntos en un rincón, al igual que los vasos y los platos. El sitio evidenciaba lo meticulosa y dedicada que es Rubi.
Pero, curiosamente, en medio de las limitaciones, esta pareja mantiene vive la llama del amor. A cada momento Rubi demostraba, sin reparo, el cariño que le profesa a su marido, con mimos y detalles que saltaban a la vista. Un amor que nació en esta montaña cuando ambos llegaron a tierras darienitas.
A pocos metros de los Villadiego viven Amparo de Jesús Duarte, Juan Bedoya y el hijo de ambos, de 11 meses. Ellos llegaron hace tres años a Mamey, pero ya habían habitado otras comunidades en Darién. "Nos mandaron a desocupar las veredas y tuvimos que irnos", recuerda. Esta familia llegó primero a Yape, poblado del río Tuira, pero allá los siguió la desgracia. Cuando atacaron esta región salieron aterrados de vuelta a Colombia, con la esperanza de poder restablecerse, pero fue en vano. Luego vivieron en Púcuro, hasta que llegaron a este sitio.
Juan tiene 10 años que no sabe nada del resto de su familia, que está en Apartadó y Medellín. "Ellos sabían que nos íbamos, pero no hemos podido hablarles", dijo. Sin embargo, manifestó que está feliz "porque tenemos tranquilidad... aquí sembramos el arrocito, el ñame y la yuca y nos ayudamos; sólo nos falta una identificación". Antes de irnos, Amparo nos solicitó tomarle una foto a su pequeño, que dormía a sus anchas en una hamaca cerca de nosotros.
Partimos con destino a Punusa, a eso de las 2:00 de la tarde. Rubi bajó a despedirse, pero en vista de que el río estaba muy seco después de más de 10 días sin lluvia, anticipamos que tal vez volveríamos a dormir en su casa. La noticia la llenó de júbilo y nos suplicó que fuera cierto. "No me mientas Nengue", y con ese compromiso seguimos el recorrido. Una media hora después llegamos a Boca de Paya. Allá los "refugiados" como suele llamárseles, aunque la Oficina Nacional para Atención a los refugiados (ONPAR) los reconoce como "protegidos temporales", son muchos más.
José Mercedes Cabadíaz, alias "Hammer", es uno de ellos. El y Dilma Rosa llegaron en 1997, escapando también de los sucesos del Salaquí y hoy su principal preocupación es tener una identificación que les permita deambular libremente. A falta de ese documento, "Hammer" fue detenido hace poco en Boca de Cupe, cuando bajó por atención médica.
El río nos impidió continuar hasta Punusa, donde se nos informó extraoficialmente que justo en los días del recorrido de El Panamá América en las comunidades fronterizas, unas 173 personas habían llegado desde Colombia.
El ocaso se acercaba y volvimos a Calle Mamey, cumpliendo también la promesa a Rubi. En la noche, Calixto decidió que durmiéramos donde Teodoro Vuelva y Elida Rosa Luca López, sus vecinos de enfrente, porque "allá estarán más cómodos en una pieza que hay desocupada". Para entonces, Rubi se había convertido en la mejor de las guías. No se separaba un instante y luego de cruzarse en una angosta piragua, barrió el cuarto para que "el polvo no nos molestara".
Esa noche hablamos largo rato con Teodoro y Elida, mientras sus hijos, Ferley, de 4 años; Jorledys, de 2 y Judys, de 7, escuchaban sin interrumpir la conversación de los mayores. Al igual que los demás, ellos tampoco tienen carné. Según conocimos, el último censo de ONPAR se hizo en 1996, cuando se les entregó a los protegidos temporales una identificación que les permite transitar libremente, sobre todo, cuando pasan por los puestos policiales.
Sin embargo, los protagonistas de esta historia no estuvieron el día del censo, algunos porque aún no vivían allí y otros porque "estaban en el monte trabajando". Precisamente por no tener este documento, Calixto nos comentó que "en cuatro años sólo he viajado una vez a Boca de Cupe... nosotros no salimos de aquí", resaltó. Mientras hablábamos con Teodoro, Elida preparó un té de hierba de limón. Con la brisa fría de la noche en la montaña, aquel líquido caliente caía como anillo al dedo.
Seguimos conversando, esperando que se enfriara, cuando Ferley, el mayor de los niños, sin percatarse de que tenía testigos, tomó el vaso en una mano, colocó un plato en el piso de tierra y aceleró aquel proceso, vaciando con ingenuidad el contenido una y otra vez, hasta que lo creyó necesario para que la pequeña Jorledys lo bebiera.
Aquella noche se habló también de "la gente del monte", como ellos les llaman a los guerrilleros, y de los "parascos" ó paramilitares. A los últimos se les relacionó con las fechorías que hace poco se habían registrado por esa área.
"Nengue" aprovechó el momento para informarnos que en un censo que él, por iniciativa propia, realizó, anotó a 323 personas, sólo en el Alto Tuira, sin identificación, que según la ONPAR, tienen estatus de protegidos temporales, hasta tanto soliciten la condición de refugiados.
A primera hora de la mañana, cuatro puercos protestaban en señal de hambre. Era tiempo de levantarnos y partir, pero antes Rubi nos había preparado un desayuno que no despreciaríamos. Poco después, llegó la hora del adiós. De ambos lados del río todos salieron a despedirse. Rubi se acercó y preguntó: "¿ahora cuando regresan?" y sus ojos enrojecieron, a punto del llanto. Al subir a la piragua nos observó desde la orilla y dijo: "ojalá sea pronto"...
Refugiado: "Debido a fundados temores de ser perseguido por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país". En el mundo hoy se cuentan hasta 22 millones de personas en esa situación, muchas de ellas víctimas de conflictos armados.
Un enorme movimiento de personas desplazadas dentro de Colombia, ha generado la peor crisis humanitaria en el hemisferio occidental. Desde 1985, casi dos millones de personas fueron obligadas a abandonar su hogar por el conflicto; 600 mil sólo entre 1998 y 1999.
Asilados: "en el derecho de gentes es el amparo que los países o estados ofrecen a los perseguidos políticos para que la autoridad no los pueda procesar o someter a prisión. El perseguido queda protegido por el país extranjero que concede el amparo".
Desplazados (internos): "es desplazada toda persona que se ha visto obligada a migrar dentro del territorio nacional abandonando su localidad de residencia o sus actividades económicas habituales, porque su vida, integridad física o libertad han sido vulneradas o se encuentran amenazadas, debido a la existencia de cualquiera de los siguientes situaciones causadas por el hombre: conflicto armado interno, disturbios o tensiones interiores, violencia generalizada, violaciones masivas de Derechos Humanos u otras circunstancias emanadas de las situaciones anteriores que puedan alterar o alteren drásticamente el orden público".