A rose is a rose is a rose, Gertrude Stein
He vivido junto a Mili por más de medio siglo. Medio, medio siglo, así suena poco. Mejor lo pongo en minutos y segundos para que nos salga una buena cifra. Será en lo único que seremos millonarios. Se trata de una convivencia de 52 años, tirando números salen 27,331,200 minutos, o sea, 1,639,872,000 segundos. Fueron buenos millones, ganados al tiempo honradamente; bueno, quizá una que otra trampita (que yo confieso, no sé ella). Sea lo que sea, hoy estamos sentados encima de esa montaña de segundos viendo el pasado con una sonrisa en los labios.
Era una poetisa cuando la conocí. No quiso seguir poemizando la vida. Dijo que un cuentero en la familia bastaba. Me pidió: «Tú sigue escribiendo que yo cortaré hierbas y cultivaré flores y haré bonsai. Y yo la reté: «¿Crees que lo tuyo es más importante?» Y me contestó sabiamente: «El amor que le pongas a lo que hagas le dará la dimensión y la importancia».
Le pedí que me describiera su trabajo. Y le salieron de la colmena las abejitas de la poesía que nunca dejaron de zumbarle del todo:
«Mira mis manos, ¿no ves el polen que tengo en la punta de los dedos? Así llevo el amor a las corolas». Y como tampoco perdió el humor, reconclavó: «¿cómo te quedó el ojo?
—Con una amable brusca –le dije–. ¿Por qué no pones un poco de polen en mis cuentos?
—Acaso no son suficiente polen tus nietas. Si ellas no te sacan cuentos, no sé quién. Lo que deberías hacer es pelarte, precisamente lo que hago con este ficus. Tú y él están moñones. Deben verse bien los dos. Acuérdate de esta noche.
—¿Qué pasa esta noche?
—Que iremos a Atlapa a ver zapateando a una de tus nietas.
Como soy el hombre de la casa, impongo mi voluntad:
—No, tú irás con Kyra, yo me quedo, estoy leyendo las Cartas de Teilhard de Chardin y no puedo soltarlas.
—No, iremos todos.
—Ja…
1.6 millardos de segundos y todavía cree mandar sobre mí. Hmmm, iré, pero no obligado sino porque quiero.
Si yo fuera un bonsai, me quedaría chiquitito sin que me podaran, muy chiquito, tan chiquito como para caber en la tibia mano de Mili y quedarme ahí acurrucado.