Los indígenas mexicanos, Juan Bautista y Jacinto de los Angeles se cuentan entre los más tradicionales defensores de la fe católica en la sierra del sureño estado de Oaxaca, concretamente en su pueblo de Cajonos, donde fueron martirizados por oponerse a la adoración de los antiguos dioses prehispánicos y por ello serán beatificados por el Papa Juan Pablo II.
El Pontífice convertirá en beatos a Juan Bautista y Jacinto de los Angeles el primero de agosto en una ceremonia a celebrarse en la Basílica de Guadalupe, donde un día antes elevará a los altares al indio, Juan Diego, al que se le apareció la Virgen en 1531, según la tradición católica.
A estos indígenas cada 14 de septiembre se les rinde culto en pueblos serranos desde hace unos tres siglos en el paraje conocido como Monte Santo, donde fueron sacrificados.
Leyendas que corren entre los poblados de las comunidades indígenas zapotecas de la sierra cuentan que un manantial localizado a unos 30 metros de la capilla donde se venera a los Mártires de Cajonos, "nació de las lágrimas que derramó Juan Bautista, cuando se percató que le esperaba la muerte por haber denunciado a sus compañeros de seguir practicando ritos a sus deidades" prehispánicas.
Los lugareños dicen también que al día siguiente de su muerte, nació a la orilla del manantial una azucena, lo cual fue entendido por los responsables del linchamiento de los mártires católicos como un milagro y desde entonces comenzaron a venerar a Juan Bautista y a Jacinto de los Angeles.
A finales del siglo XIX, el arzobispo, Eulogio Guilow, trasladó a una cripta de la Catedral los restos de los mártires con la finalidad de tener pruebas fehacientes para que El Vaticano iniciara el proceso de beatificación.