El llanto de las madres que perdieron a sus hijos e hijas tras el sitio a una escuela rusa salía ayer del interior de los hogares de Beslán, mientras comenzaban los primeros entierros de algunas de las 338 víctimas.
Entre lágrimas, los padres llevaron los primeros ataúdes al cementerio donde se habían excavado filas de fosos. Los familiares afligidos dejaron las puertas y ventanas abiertas, según una costumbre local.
En lo que fue el primer signo de asunción de responsabilidades tras el baño de sangre, el ministro de Interior de la región de Osetia del Norte, Kazbek Dzantiyev ofreció su renuncia, aunque no fue aceptada.
"Después de lo que pasó en Beslán no tengo derecho a seguir en este puesto, como autoridad y como caballero", dijo Dzantiyev según la agencia Itar-Tass.
Las versiones oficiales dicen que las fuerzas entraron en el gimnasio de la escuela el viernes después de que los separatistas chechenos que retenían a unas 1,000 personas comenzaron a disparar contra los niños que se escapaban aterrorizados por dos explosiones.
La mitad de los muertos eran niños. El resto eran profesores, padres y familiares que acudían a las festividades del primer día de colegio.
El portavoz de Osetia del Norte, Lev Dzugayev, dijo que 428 personas seguían en los hospitales locales y que 260 estaban desaparecidas.
La masacre ha puesto en duda la política del presidente Vladimir Putin en la región del Cáucaso y sobre si podría poner fin al separatismo checheno.
El pediatra ruso, Leonid Roshal, que actuó como mediador en las crisis de rehenes en la escuela noroseta de Beslán, afirmó que no hubo acciones premeditadas para lanzar una operación de rescate que lograra la liberación de los rehenes.