Al pie del monasterio se encuentra un recinto de unos 1,200 m2 conocido como "La Tahona", donde un grupo de voluntarios, principalmente estudiantes de arqueología, se empeñan en abrir fosas para rescatar los restos de las víctimas del franquismo que allí yacen.
Según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que lleva a cabo los trabajos, en el lugar hay 316 cuerpos documentados, aunque podría haber unos 200 restos mortales más en estas fosas de Uclés (Castilla-La Mancha, centro).
En los cinco años que la ARMH lleva trabajando sin apoyo oficial en la excavación y exhumación de fosas comunes de víctimas de la Guerra Civil española (1936-39) y de la dictadura franquista (1939-75), encontró unos 1,000 cadáveres, incluidos los de Cuenca.
La ARMH también descubrió fosas comunes en otras regiones de España -como Galicia, Cataluña, Castilla-León, Extremadura y Andalucía- y en algunas ya se exhumaron cadáveres.
En Uclés, Ricardo Ortega, un joven estudiante de tercero de arqueología, va limpiando cuidadosamente con una brocha un esqueleto completo, en una de las 30 fosas individuales abiertas por los voluntarios.
"Mi abuelo fue un superviviente de esta prisión, he vivido aquí algunos años y, además, son unas buenas prácticas" profesionales, cuenta Ortega, mientras a su lado, dos compañeras, Julia y Ana, van recogiendo y catalogando en cajas de cartón los huesos de otro cuerpo, que incluso conserva unos zapatos.
"Los zapatos, junto con piezas de metal como botones o balas, son lo que más se conserva", señala José María Navarro, director técnico de la excavación, que dirige el catedrático Angel Fuentes Domínguez.
El trabajo de campo es lo último. Siempre va precedido de un amplio estudio de documentación con búsquedas en "memorias inéditas, vaciado en registros civiles, archivos carcelarios, grabación de testimonios que nos cuenta la historia de lo que nos interesa recuperar", relata Máximo Molina, presidente de ARMH-Cuenca.
También se utilizan fotografías aéreas y de la época estudiada para tener una aproximación al lugar y disposición probable de las fosas.
Luego, suele ser relativamente fácil localizar el lugar preciso, entre otras cosas por la tierra, ya que la que se ha utilizado para tapar una fosa siempre es más blanda que la circundante, precisa Navarro.
"Aquí esperábamos una fosa común -explica Navarro-, pero hasta ahora nos hemos encontrado con individuales, aunque en alguna había dos individuos".
Navarro sospecha que la ordenada disposición de estas fosas, aprovechando el espacio, da la sensación de que se quería prever sitio para bastantes muertos provenientes de una cárcel que contaba con 5,000 prisioneros.
De la treintena de cuerpos exhumados hasta ahora, "algunos han aparecido con cajas, otros sin ella, no sabemos lo que eso significa exactamente, aunque puede ser que a los que confesaban antes de morir los enterraran con caja", añade, mientras supervisa el trabajo de unos voluntarios que armados de picos rebajan la tierra en una zona donde se cree puede haber una fosa común.
Los huesos rescatados se catalogan y guardan escrupulosamente.
Hay que recuperar hasta el pedazo más pequeño de hueso, ya que incluso el detalle más nimio puede dar pistas sobre la identidad y la historia del sujeto.
Los restos, guardados bajo llave en un almacén, se enviarán posteriormente a la Universidad Autonóma de Madrid para su identificación, ya que "los arqueólogos los encontramos y los sacamos, pero el resto es más trabajo de antropólogos" dijo Navarro.