Que el Reino Unido sea la última parada de la última gira del presidente George W. Bush por Europa no debería sorprender a nadie.
El gobierno británico ha sido el más férreo aliado del gobierno de Bush, a diferencia de los desencuentros que signaron su relación con otras potencias europeas durante los ocho años de su gobierno.
Después de ocho días de recorrer las capitales de varios de esos países, Bush emprende el regreso a casa y tendrá tiempo para un balance de un viaje que no despertó tanta cobertura periodística ni protestas callejeras como en las cerca de 20 ocasiones que Bush visitó Europa.
Si uno lee los objetivos de la gira publicados en la página de Internet de la Casa Blanca, se afirma que estaba dirigida a "fortalecer la relación transatlántica y celebrar la duradera amistad entre nuestros países basada en valores democráticos comunes".
Con objetivos tan amplios, ¿cómo pueden medirse los resultados del viaje?
Algunos analistas afirman que Bush está intentando cimentar el legado histórico de sus años en la Casa Blanca.
En una entrevista con una cadena de televisión británica, Bush mismo dijo que le gustaría ser recordado como "un presidente que no abandonó sus principios por la politiquería, o por una encuesta cualquiera".
Pero según Marcelo Justo, analista de BBC Mundo, Bush sufre el síndrome de lo que en inglés llaman "pato rengo" (lame duck), es decir, la debilidad política de un mandatario que está cerca de terminar su mandato.
Temas conocidos.
Esto le quita fortaleza para lanzar nuevas iniciativas, y quizás por eso, si uno se fija en los temas que se hablaron durante sus reuniones bilaterales con líderes europeos, ninguno de ellos es particularmente novedoso o innovador.