El presidente George W. Bush sonreía de oreja a oreja, pero sin jactancia, al finalizar la campaña, una maratón que para los republicanos parecía cosa segura luego de los ataques del 11 de septiembre, pero que hasta anoche parece que iba a tener un final para la fotografía.
Bush votó en su pequeño poblado texano de Crawford, hizo una breve escala en Ohio para alentar a los votantes y regresó a la Casa Blanca, donde fue recibido por centenares de miembros de su personal que ondeaban banderitas.
Anoche, junto a familiares y colaboradores cercanos en la Casa Blanca, el 43 presidente monitoreaba el veredicto de los votantes sobre si ocupará el cargo para un segundo período, un objetivo que escapó a su padre, el primer presidente Bush.
"Hicimos la mejor campaña que pudimos"", dijo Bush en la sede central de su campaña, en Columbus, Ohio.
No estaba exagerando. Ohio, por ejemplo, uno de varios Estados muy disputados, recibió 33 visitas presidenciales durante su período. En la última escala previa a la elección el martes, Bush empleó personalmente el teléfono para persuadir a los electores que acudieran a las urnas. "Le juro que soy yo"", dijo Bush a un partidario escéptico que recibió la llamada. Una a cero, dijo a la prensa tras terminar la conversación.
El candidato demócrata a la Casa Blanca, John Kerry, votó en su ciudad natal de Boston, en donde se refugió a esperar los resultados, tras almorzar -como cábala- en el mismo restaurante donde John F. Kennedy esperó en 1960 los resultados de su elección.
Kerry, quien desde hace varios días no abandona sus supersticiones, emitió su voto en Boston acompañado por su mujer Teresa Heinz y sus dos hijas Vanessa y Alexandra.
Después se trasladó, como lo hace siempre en los días de elección desde 1982, a la famosa "Union Oyster House", fundada en 1826 y que se presenta como "el restaurante más viejo de EU.
Allí fue donde Kennedy esperó en 1960, en la jornada en que fue electo presidente. El candidato demócrata parece creer firmemente en los pequeños signos del destino y mantiene algo de superstición.
El personal del restaurante preparó con esmero a lo largo de la mañana los detalles para recibir al candidato demócrata a la Casa Blanca y le tenía lista la mesa que usaba el presidente asesinado.
Al igual que todos sus allegados, el senador por Massachusetts (noreste) se manifestó satisfecho por la afluencia de votantes, que llegaría a niveles no vistos por en las últimas décadas.
En La Crosse, una localidad de Winsconsin (norte), Kerry cerró su dura campaña.
Kerry, de 60 años, no pudo conciliar más que unas pocas horas de sueño luego de pasar el lunes 20 horas en vuelos, reuniones electorales y discursos por cuatro estados indecisos.
El lugar de almuerzo no es la única cábala del aspirante demócrata. Desde hace días Kerry no abandona su chaqueta color mostaza, que compró durante la victoriosa campaña de las primarias de su partido a principios de año, del mismo modo que sigue fiel a la misma corbata roja que usó durante los debates televisados con Bush, en los que también resultó vencedor, según los sondeos.
Asimismo, el senador demócrata conserva la cadena con su identificación que usó durante su servicio militar en Vietnam. Lleva un amuleto que le regaló un anciano de la tribu Navajo durante una visita a Nuevo Mexico (suroeste).