La playa de Copacabana fue una torre de Babel ayer. En sus arenas se escuchaba cantar en portugués, rezar en polaco, las conversaciones iban y venían en inglés, francés, árabe o chino.
En cualquier idioma que hablaran los peregrinos que llegaron a Río de Janeiro para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), todos parecían sintonizados con el español mezclado con portugués que habló la estrella del evento: el papa Francisco.

A su llegada en un transporte abierto terminó de despertar a millones de jóvenes que pasaron la noche en la playa en la vigilia final de la jornada, durmiendo en tiendas o a cielo abierto, en sacos de dormir o envueltos en frazadas.
Para otros, la vigilia estuvo tan animada que pasaron la noche sin dormir.
“Pasé mucho frío en la madrugada, pero valió la pena, estuvimos tocando guitarra, cantando y rezando toda la noche. Pasaba gente de otros países y se quedaban con nosotros o nos íbamos nosotros con ellos a cantar las canciones de ellos”, narró la argentina Agustina Díaz-Cooke, de 17 años y quien estuvo acompañada de un grupo de jóvenes de la ciudad de Córdoba.
Una bandera argentina identificó a su grupo como compatriotas de Francisco, el primer jefe del catolicismo mundial proveniente de las Américas.
El carisma del papa Jorge Mario Bergoglio contagió a todos, no solo a los que hablan su lengua. Banderas de países tan distantes como China, Corea y Tailandia, hasta otros más próximos como Bolivia, Honduras y Francia, fueron el mejor testimonio de la diversidad de la fiesta y del entusiasmo que provoca Francisco entre los jóvenes católicos.
“Este es un momento que marcó mi vida, pude ver de cerca al papa y escuchar sus palabras directamente de su boca”, contó Eliécer Capangue, estudiante de economía de Angola.
“Yo participo en la Pastoral Universitaria en mi ciudad (Luanda), y siempre oramos juntos, discutimos sobre la Biblia, pero después de esta jornada quiero involucrarme más en la iglesia, salir al encuentro de los más desfavorecidos y llevarles esta vivencia, compartir con ellos el mensaje del papa”.
El sol y sus calurosos rayos benefactores fueron otros convidados especiales del día, después de una semana de frío y lluvia en Río de Janeiro que complicó la vida de peregrinos y organizadores de la jornada.
Con la llegada de Francisco a Copacabana, el campamento playero se transformó en un inmenso templo a cielo abierto, con oleadas de fieles y peregrinos que llegaron desde todas las direcciones para incorporarse a la festividad religiosa, alcanzando más de tres millones de personas, según el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi.
Indicó que fue la segunda jornada de la juventud más grande desde la de Filipinas en 1995, que logró juntar a cinco millones de personas.
Fue una fiesta como nunca ha visto la célebre playa, de la que los cariocas se jactan de tener la mayor celebración de Año Nuevo del mundo, con entre 1 y 1.5 millones de personas cada vez.
Tan grande fue la multitud ayer que las 12 pantallas gigantes distribuidas a lo largo de la mitad norte de la playa no alcanzaron para tantos fieles, y muchos se fueron a acompañar la misa en las televisiones de restaurantes y quioscos playeros.
La falta de preparación para tal multitud se hizo evidente en la cantidad de basura producida, que desbordó los depósitos de desechos y dejó las calles y aceras llenas de botellas plásticas, envolturas plásticas y restos de comida.
Hasta los baños portátiles distribuidos a lo largo de la playa estaban colapsados, lo que obligó a muchos peregrinos a caminar grandes distancias en busca de un sanitario utilizable.
Nada de eso desanimó a una juventud entusiasmada de encontrarse con su pastor, quien le sedujo con sus gestos simples, su hablar suave y su deseo de salir a su encuentro.
El papa siempre da ejemplos de sencillez.
Dejó de usar zapatos rojos, se negó a usar el palacio del Vaticano y aquí ha circulado en un vehículo abierto para besar a los niños y saludar a la gente.
Promesas
Los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) prometieron seguir en sus países el dictado del papa Francisco, que les conminó a seguir el ejemplo de Jesús y servir a los más necesitados.
“Evangelizar significa testimoniar personalmente el amor de Dios, significa superar nuestros egoísmos, significa servir, inclinándonos para lavar los pies de nuestros hermanos, tal como hizo Jesús”, dijo Francisco en su homilía ante unos tres millones de personas que abarrotaron la playa de Copacabana de Río de Janeiro.
El mensaje del papa argentino caló entre los peregrinos latinoamericanos, que aseguraron que pretenden reproducir en sus lugares de origen las enseñanzas de toda esta semana de la JMJ.
El venezolano-brasileño Rafael Pérez resaltó que el pontífice les pidió que salgan de sus iglesias para llevar la palabra de Dios a los más necesitados.
“El papa Francisco nos ha dicho que tenemos que salir a catequizar a los otros. Tenemos que salir no solo en nuestra parroquia, urbanización, amigos, sino ir adonde uno sabe que necesitan a Dios, a Jesucristo, más que otros”, afirmó.
La argentina Karina Navarro, procedente de Santa Fe, señaló que el mensaje del papa Jorge Mario Bergoglio siempre fue el de la “humildad y simplicidad” desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires.
“Él (tuvo una gran cercanía con los) salesianos y yo me crié en la parroquia Don Bosco y todo lo que está enseñando de ser humilde, de atender a los pobres, es lo que estuve viviendo desde chica”, comentó.