Los sacerdotes compartieron después el pan simultáneamente y elevaron sus cálices hacia la barrera metálica, de malla muy cerrada. Del lado mexicano, un guitarrista acompañó una canción que dirigía el clérigo del lado estadounidense. El ruido de un vehículo todo terreno de la Patrulla Fronteriza que pasa por el lugar interrumpe la música.
El servicio religioso es una de las numerosas manifestaciones de las dificultades con las que fluye la vida en la frontera después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 mientras el congreso considera destinar miles de millones de dólares para construir una fortificación fronteriza aún más grande. Desde hace mucho los hacendados, policías y legisladores de los estados estadounidenses fronterizos han solicitado ayuda federal, al afirmar que sus zonas eran invadidas por traficantes armados y personas que ingresaban ilegalmente en territorio norteamericano. Sin embargo, ahora aumenta la oposición a que haya más agentes y más cercas a lo largo de los 3.200 kilómetros (2.000 millas) de frontera con México. Entre quienes se oponen hay ministros religiosos, líderes empresariales y alcaldes que dicen que todas estas medidas han alcanzado su eficacia máxima.