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Cosecha de trigo entre la brea y el alquitrán

Humildes mujeres de Mauritania esperan que se caiga parte del grano que llevan los camiones, para recogerlo y luego transformarlo en harina que utilizan como alimento.


Sentada bajo un sol de plomo y expuesta a un viento polvoriento, Emehat Mint Abeidala tamiza una mezcla de trigo, arena y piedras con la que ella y otras mujeres se ganan el pan en los márgenes de las carreteras portuarias mauritanas.

Esta viuda de 55 años, descendiente de esclavos, mantiene con el trigo resultante a una decena de hijos y afirma preferir dedicarse a esa "tarea pesada antes que a otras más vergonzantes como la prostitución, el robo o la mendicidad".

Abeidala se instala junto con otras compañeras cerca de la vía que une el puerto autónomo de Nuakchot con las fábricas de cereales situadas a las afueras de la capital, en la espera de que pasen por ese trayecto los camiones que llevan los sacos de trigo a las centrales en las que va a ser procesado.

 

"Cuando el camión está lleno de trigo a granel, el viento siempre hace que parte de la carga se caiga en las cunetas", señala a EFE, y añade que cuando eso ocurre las mujeres se lanzan a recoger esa materia prima.

En una primera fase, apostadas a algunos metros de la carretera para resguardarse de los vehículos, ese revuelto de trigo, arena y piedras se pasa por el tamiz para eliminar la tierra.

Aueicha Mint Ebleijir, viuda también, añade que posteriormente se introduce el resultado en un gran barreño de agua, para separar el trigo, que flota y se mantiene en la superficie, del resto de sustancias inservibles.

 

El volumen del botín, utilizado para su propio consumo y no para la venta, depende de la cantidad caída de los camiones, pero según Abeidala, al cabo de dos o tres días de trabajo en la carretera se obtiene una media de dos sacos de 50 kilos cada uno.

Con ellos se dirigen a las fábricas colindantes, en las que por un coste casi insignificante transforman los granos en harina utilizada para preparar alimentos como el cuscús o la pasta.

Es el único sustento de esas mujeres, a las que el desplazamiento hasta ese improvisado lugar de trabajo no siempre les resulta fácil.

 

En el mejor de los casos, Abeidala coge un taxi por el que paga 200 uguiyas (unos 50 céntimos de euro) por el viaje de ida y vuelta. Cuando no tiene con qué afrontar ese gasto, camina durante cerca de dos horas para llegar al lugar.

Al atardecer, ella y sus compañeras vuelven a sus casas, normalmente en barrios periféricos de Nuakchot, porque el aumento de la delincuencia en esas zonas deshabitadas las hace poco recomendables para pasar la noche.

La oportunidad de recoger trigo al borde de la carretera, no obstante, no surge todos los días, porque los camiones pasan de manera esporádica, cuando el cargamento, importado del extranjero, pisa el puerto de la capital.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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