La economía se ha convertido de forma imprevista en el principal tema de la campaña electoral canadiense que terminará el próximo 14 de octubre, cuando acudan a las urnas alrededor de 24 millones de electores.
El pasado 7 de septiembre, el primer ministro canadiense, Stephen Harper, convocó elecciones anticipadas. En aquel momento, la decisión parecía perfecta para asegurar que el gobernante Partido Conservador se hiciese con la mayoría parlamentaria que no obtuvo en las anteriores elecciones de enero del 2006.
Entonces, las primeras encuestas daban al Partido Conservador una intención de voto del 43 por ciento, lo que le garantizaba alrededor de 183 diputados de los 308 en que consiste el Parlamento del país.
En el 2006 Harper y los conservadores rompieron 13 años consecutivos de hegemonía del Partido Liberal en el gobierno pero se tuvieron que conformar con 124 diputados tras obtener el 36,3 por ciento de los votos.
Desde entonces, Harper ha gobernado el país con minoría parlamentaria pero aprovechando la debilidad del Partido Liberal, afectado por un escándalo de financiación ilegal en la provincia de Québec y forzado a cambiar de líder tras la derrota del 2006.
Tras las vacaciones veraniegas, Harper llegó a Ottawa dispuesto a cambiar la situación a expensas, incluso, de romper una de sus promesas electorales, la convocatoria de elecciones en fechas fijas y no como hasta ahora en el momento que mejor sirve a los intereses del partido en el gobierno.
El líder conservador justificó su decisión en que el Parlamento era "disfuncional" y porque era el momento para que "el pueblo de Canadá elija el camino hacia adelante".
La mayoría de los analistas políticos explicaron la decisión de manera distinta. Harper quería evitar celebrar elecciones en el 2009, cuando hay probabilidades de que la Casa Blanca esté ocupada por el demócrata Barack Obama y la economía estadounidense -el principal socio comercial de Canadá- sumida en una grave crisis.
El Partido Conservador ha planteado una agresiva campaña electoral en la que los canadienses tienen que elegir entre el liderazgo robusto y firme de Harper o la debilidad e inexperiencia de Dion.
La estrategia funcionó bien hasta que hace dos semanas Harper realizó unas declaraciones sobre el mundo artístico canadiense.
Durante un mitin en el corazón del Partido Conservador, -el oeste del país-, Harper afirmó que "los trabajadores ordinarios" no tienen una buena opinión de "un grupo de personas, en una ostentosa gala subvencionada por los contribuyentes y que protestan porque sus subsidios no son suficientes".
Las palabras de Harper estaban dirigidas a la comunidad artística del país que había protestado por el recorte de 45 millones de dólares destinados a programas culturales.
Pero sus palabras resonaron especialmente en Québec, donde la identidad cultural de la mayoría francófona es una tema especialmente sensible.
La polémica ha sido aprovechada por los partidos de la oposición para señalar que el Partido Conservador tiene políticas extremadamente conservadoras importadas de Estados Unidos y sobre los peligros de una mayoría parlamentaria en manos de Harper.
Pero la puntilla ha sido la crisis financiera mundial. Harper inició la campaña asegurando que la situación del país es sólida y que los canadienses no tienen que temer por la estabilidad económica.
Los constantes ataques de la oposición, la rápida evolución de la crisis financiera en Estados Unidos y las advertencias de los principales economistas del país de que Canadá se encamina hacia una profunda recesión ha planteado dudas entre los electores sobre la sinceridad de Harper a la hora de explicar la situación.
En los últimos días, el apoyo al Partido Conservador ha empezado a caer de forma rápida en los sondeos.
Algunos sondeos colocan a los conservadores de Harper con una intención de voto del 34 por ciento, nueve puntos por debajo de donde estaban hace un mes, y los liberales de Dion con un 31 por ciento. Mientras los socialdemócratas y los verdes ganan también posiciones.
De confirmarse, estas cifras el 14 de octubre, Harper habrá perdido la apuesta y tendrá que ver qué le depara el destino.