En la madrugada del 20 de marzo de 2003, los destellos y explosiones de los misiles "Tomahawk" iluminaban la tensa oscuridad de Bagdad. Comenzaba la guerra para echar del poder a Sadam Hussein. Un año después, la resistencia armada y el terrorismo protagonizan una cruenta transición hacia la democracia en un país donde no se han hallado armas de destrucción masiva. Según el argumento estadounidense, Irak podría entregar o vender ese armamento a grupos terroristas como Al Qaeda, que estaría de ese modo en disposición de perpetrar ataques aún más mortíferos que los acaecidos el 11-S en Estados Unidos.
Desde la post guerra, las tropas de EU afrontan una resistencia armada que también tiene como blanco de sus ataques a las nuevas autoridades locales, sumidas en un larga y cruenta transición.
Miles de civiles iraquíes y militares estadounidenses -a los que se suman soldados de la coalición ocupante liderada por Washington- han muerto a manos del movimiento insurrecto, cuya estrategia ha ido cambiando a lo largo de los últimos 10 meses. Las últimas cifras señalan 671 muertos.
Al principio se trató de actos de sabotaje, principalmente contra oleoductos, y ataques con granadas que tenían como objetivo las patrullas y convoyes estadounidenses.
Poco a poco, los insurgentes fueron perfeccionando sus acciones y empezaron a disparar con morteros y a usar un arma que se ha revelado letal: bombas caseras plantadas en las cunetas de las carreteras que hacen saltar por los aires a los vehículos militares.
Estos artefactos obligaron a blindar los carros ligeros y a aumentar el número de patrullas de zapadores, pero pronto comenzaron a llegar los ataques con coche bomba y los kamikazes.
Por un lado, la resistencia a la ocupación por parte de diversos grupos, vistos por algunos como patriotas y que han tenido como escenario preferente el llamado "triángulo suní", donde las acciones se han centrado en convoyes militares y acuartelamientos.
Y, por otro, los actos terroristas atribuidos a elementos extranjeros por las autoridades locales y la inteligencia militar estadounidense, que apuntan a la red Al Qaeda como responsable.
Este mes no se ha iniciado de mejor manera, ya que el 2 murieron 182 chiíes en atentados simultáneos en Kerbala y Bagdad, en el que hasta el momento ha sido la jornada más mortífera de la posguerra.
El Consejo de Gobierno proseguía entretanto sus discusiones bizantinas sobre el futuro del país, y encontraba el escollo del reparto de cuotas de poder entre las diferentes comunidades: musulmanes chiítas, sunitas, kurdos, cristianos y turcomanos.
Los debates concluían, al menos de manera provisional, con la firma el pasado día 8, y tras dos aplazamientos, de la Constitución provisional que regirá hasta la celebración de elecciones por sufragio universal en 2005.
El traspaso de poder se iniciará el 30 de junio, cuando EU ha anunciado la formación de un primer ejecutivo soberano y el fin formal de la ocupación, sin embargo, muchos dudan que este calendario se cumpla.
Después de un proceso de inspección por expertos en desarme de la ONU que no ofreció resultados, la invasión comenzó en la madrugada del 20 de marzo de 2003.
Flotillas de aviones estadounidenses y británicos atacaron de continuo las principales ciudades iraquíes, buscando acabar con los principales centro de poder del régimen de Sadam Hussein.
El 23 de marzo se inició la invasión terrestre desde el vecino emirato de Kuwait, aunque lo que en principio se perfilaba como un paseo militar se frenó no obstante en seco al lograr las fuerzas de defensa mantener a raya a las tropas ocupantes en ciudades como Um Qasar, Basora y Nasiriya, que jalonan la parte fértil del sur iraquí.
Tras una dura batalla por el control de aeropuerto, Bagdad caía, sin embargo, de manera inesperada el 9 de abril, apenas 19 días después de iniciarse la ofensiva.
Según testimonios recogidos de dignatarios del antiguo régimen, solo una traición de los mandos militares de Sadam explicaría la súbita y casi incruenta toma de la capital, que por otra parte quedó expuesta al caos y al pillaje.