El presidente George W. Bush recurrió a la ley del menor esfuerzo al designar a John Roberts presidente de la Suprema Corte, demostrando una precipitación inusual en momentos en que Irak y Katrina amenazan con socavarle el piso político. Era la opción más segura que le quedaba a Bush.
Roberts es hombre de Washington de tomo y lomo, conocedor tanto de los mecanismos de la Suprema Corte como de las palancas del poder en el Congreso, un abogado capaz cuya sonrisa y currículum inmaculado liman las asperezas de su ideología profundamente derechista.
Los activistas liberales que se oponían a su designación como reemplazante de Sandra Day O"Connor, que se retira, encontraron pocos elementos en su trayectoria que permitieran frustrar su designación.
Aunque pocos dudan de su confirmación, el camino se ha vuelto un poco más arduo porque las exigencias aumentan para el puesto de presidente de la corte.
"Aún es demasiado pronto para poder especificar si se trata de un fallo técnico o un error humano", aseguró el comandante de la policía regional, Oskar Gallop.
Esta región de los Alpes ya fue escenario de un espectacular incidente el año pasado, que felizmente no causó víctimas porque la cabina que se cayó estaba vacía.
No obstante, se quedaron atascadas las góndolas con pasajeros en el sentido contrario -ascendente- y un total de 113 personas tuvieron que ser descolgadas con cuerdas (desde unos 50 metros de altura), en una difícil acción que duró varias horas bajo las frías temperaturas de noviembre.