Primera semana de nacido: Hoy cumplí una semana de nacido, qué alegría haber llegado a este mundo.
Un mes:
Mi mamá me cuida bien, es una mamá ejemplar. Soy gordito y peludito, y me paso todo el día jugando.
Dos meses:
Hoy me separaron de mi madre, ella estaba muy inquieta y con los ojos me dijo adiós, esperando que mi nueva “familia humana” me cuide tan bien como ella.
Ocho meses:
Soy un perro feliz, tengo el calor de un hogar, me siento seguro, tan protegido; creo que mi familia humana me quiere y me consiente mucho.
Cuando están comiendo me dan trozos de alimentos; el jardín es para mi solito, y disfruto escarbando y corriendo; no me educan, debe de estar bien todo lo que hago.
Trece meses:
Qué mal me sentí hoy, mi hermanito humano me quitó la pelota. Yo nunca le robo sus juguetes, así que se la quité, pero mis mandíbulas se han hecho muy fuertes, y lo lastimé sin querer. Después del susto, me encadenaron, casi sin poder moverme.
Dicen que van a tenerme en observación y que soy un ingrato. No entiendo nada de lo que pasa.
Dieciséis meses:
Hoy me bajaron de la azotea después del castigo por morder a mi hermanito. Estoy seguro que me han perdonado. Me puse a dar saltos de alegría, pensé que iba de paseo, pero no fue así, me bajaron del automóvil y me dejaron abandonado.
Después de muchos meses de deambular por las calles estoy flaco, sucio, con pulgas, garrapatas, sin un ojo, y de todas partes me han echado a golpes.
Veinte meses.
Casi no puedo moverme y un conductor hizo una maniobra para atropellarme. Ojalá me hubiese matado, pero solo me dislocó la cadera, y el dolor es terrible e insoportable.
Estaba inconsciente, pero una fuerza extraña me hizo abrir los ojos, la dulzura de su voz me hizo reaccionar. “Pobre perrito, mira cómo te han dejado”, decía una amable señora, junto con ella estaba un señor con bata blanca, empezó a tocarme y dijo: “lo siento señora, este perro ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir”.
A la gentil dama se le saltaron las lágrimas, y asintió con la cabeza. Como pude moví mi cola, y la miré, agradeciéndole que me ayudara a descansar. Solo sentí el pinchazo, y me dormí para siempre, pensando: por qué tuve que nacer, si nadie me quería.