A Dick Cheney no parecen atraerle los primeros planos.
En una serie de cargos importantes que desempeñó -secretario de la presidencia de Gerald Ford, líder republicano en la Cámara de Representantes, secretario de defensa-, Cheney pocas veces ha buscado o atraído el foco de la atención. Aun ahora bromea sobre su reputación como la figura agazapada en la penumbra.
"¿Soy el genio maligno al que nadie ve emerger de su madriguera?"", pregunta sardónicamente. "En realidad es un modo agradable de operar"".
El Dick Cheney actual, quizás el vicepresidente más poderoso de la historia, contrasta con el que solía tener relaciones fluidas y amistosas tanto con republicanos como demócratas, independientemente de sus diferencias de opinión. En estos días es una de las figuras más divisivas en la política.
Para muchos conservadores es un héroe: una mano firme y un sabio asesor del presidente en época de crisis.
Pero para sus adversarios, Cheney no es sino el prototipo del villano, el hombre que contribuyó a empujar a la nación a una guerra desacertada, que sugirió una conexión inexistente entre Sadam Hussein y los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 y que fue director de Halliburton, la empresa de servicios que recibió sin licitación un cuantioso contrato en Irak.
En su vida personal, Cheney pasea a sus dos perros labradores y caza faisanes y codornices, además de viajar con una maleta llena de libros de historia.
Dick Cheney: el perfecto número dos en el gobierno
Nadie duda de la enorme influencia que ejerce Cheney. Es discreto por naturaleza, es notablemente leal, dicen quienes lo conocen bien.