Después de décadas recluidos en sus hogares, los discapacitados egipcios se liberan de sus cadenas, gracias a un programa que reivindica su derecho a aprender y trabajar, un reto faraónico para una sociedad que aún los margina.
"En Egipto, con 80 millones de habitantes, el 11% de la población es discapacitada", explica el coordinador del programa para la integración de menores con discapacidad de la ONG Plan Egipto, Mohamed Yamany.
En Al Basatin, una barriada pobre del sur de El Cairo, esta organización sufraga desde hace cinco años un humilde centro al que asisten diariamente 350 menores discapacitados.
Sensibilización casa a casa.
"Antes, las familias ocultaban a sus hijos, por lo que al principio fue duro entrar en sus casas", apunta Yamany, rodeado de menores que, sentados alrededor una amplia mesa, esperan su turno para salir a la pizarra y resolver unas sencillas operaciones matemáticas.
Según Yamany, las niñas sufren con especial intensidad una exclusión que convierte los muros de las viviendas familiares en "una prisión", pues "para muchos padres es vergonzoso tener una hija discapacitada".
De ese riesgo de marginación no queda nada en el interior de la escuela, un edificio de dos plantas situado junto a un solar ocupado por basura en el que un vocerío infantil convive con la presencia amenazante de varias docenas de madres con velo.
Naghat Abderramán llegó hace un año al centro de la mano de su hijo, Abderramán, un niño de 2 años con Síndrome de Down. "Vine porque quería recibir más información sobre el cuidado médico y ayuda para que aprendiera a hablar", agrega mientras acuna entre sus brazos al pequeño. "Gracias a Dios durante estos meses ha conseguido comunicarse con los demás y hemos logrado que vaya al colegio y juegue con el resto de niños", relata satisfecha Naghat.
La Ong Plan Internacional calcula que en Egipto el 95% de los discapacitados sufren exclusión social y representa a "un grupo estigmatizado y marginado".