A sus 23 años Camila Vallejo, una militante comunista egresada de Geografía, es la líder más visible de un movimiento estudiantil que derribó la popularidad del conservador presidente Sebastián Piñera y puso en jaque a su gobierno.
Enfrentarse al gobierno de un multimillonario convertido en presidente ha tenido un costo notable: Camila y muchos de los 35 dirigentes de 25 universidades estatales chilenas dedican el 100% de su tiempo a sostener y proyectar las movilizaciones nacionales que iniciaron hace cinco meses.
“Hay un cansancio mayor que uno carga, como el cansancio mental, el estrés, es como una mochila, porque a nivel mediático, sea cierto o no, se instala la imagen de que eres responsable de todo, de lo bueno y de lo malo”, dijo Vallejo.
Las marchas estudiantiles constituyen las movilizaciones más masivas del país en los 20 años de democracia tras la dictadura.
El modelo educativo, heredado de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), obliga a padres y estudiantes a contratar créditos con un interés del 6% anual. A veces, los créditos son firmados a diez o, incluso, 20 años.
Las familias asumen el 85% del gasto de la educación superior. El 15% restante lo aporta el gobierno.
La mayor central sindical del país se sumó al movimiento, así como el gremio de los profesores, que suele protestar por demandas sectoriales, y, en un hecho inédito, varios rectores universitarios marcharon.
La oposición de centroizquierda quiso caminar al frente, con los líderes, pero fue rechazada. Las movilizaciones remecieron a la clase política. Obligaron al gobierno a retroceder y flexibilizar sus posiciones en más de una ocasión: la más notable sucedió cuando los estudiantes rechazaron, como solución, la expedición de leyes.