Juan Pablo II dijo adiós ayer a México y a toda América Latina con la beatificación de otros dos indígenas, Juan Batista y Jacinto de los Angeles, en una colorida ceremonia con acentos aún más indios que los de la santificación de Juan Diego, el miércoles.
Juan Pablo II quiso despedirse de su “México fiel” recordándole su pasado, reivindicando el ejemplo de los indígenas, pero exigiendo también a éstos fidelidad para el siglo XXI.
La liturgia en la Basílica fue más sencilla que la del día anterior, cuando se santificó a Juan Diego, pero también fue más colorista y multicultural.
“Los dos beatos son un ejemplo de cómo, sin mistificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar por la luz de Cristo”, dijo el Papa.
Los hoy beatos, Juan Bautista y Jacinto de Los Angeles denunciaron en el año 1700 a conciudadanos suyos del pueblo de San Francisco Cajonos por adorar a dioses prehispánicos.
En reacción, cientos de indígenas se sublevaron y sitiaron el templo de San Francisco, a cargo de frailes dominicos, exigiendo la entrega de Juan y Jacinto.
Para impedir una masacre, Juan y Jacinto se entregaron a los indios sublevados, quienes les propusieron perdonarles la vida si aceptaban dar culto a sus dioses. Pero Juan y Jacinto se negaron, ante lo cual la multitud los torturó y descuartizó.
El Papa recibió ayer durante la liturgia, en la que se le vio emocionado por los alegres rituales autóctonos, una “limpia” espiritual indígena.
Una india oaxaqueña, vestida con un traje típico, pasó repetidamente por los hombros y cabeza del Santo Padre un ramo de hojas, en un rito tradicional de “limpieza” espiritual con que comenzó la ceremonia, mientras otras mujeres pasearon en el altar un incensario con copal que formó columnas de humo.