Las elecciones legislativas del 5 de noviembre van a brindar al Partido Republicano una posibilidad de reconquistar el Senado y dar así más facilidad al presidente George W. Bush para que el Congreso adopte su programa político.
Sin embargo un resultado que confirme la situación actual, en la que la oposición demócrata goza de mayoría de un voto en el Senado y los republicanos controlan por 15 votos la Cámara de Representantes, no bloquearía su margen de maniobra.
"Es una gran ventaja para un presidente no tener que afrontar la resistencia del Congreso", subraya Lance Morrow, profesor de historia presidencial estadounidense en la universidad de Boston (Massachusetts, noreste).
"Pero desde hace un tiempo los estadounidenses parecen querer una división entre los poderes ejecutivo y legislativo", afirma Morrow.
Desde el comienzo de su presidencia en enero de 2001, George W. Bush ha podido trabajar con un Congreso totalmente controlado por los republicanos solamente durante seis meses.
Inmediatamente después de las elecciones, su partido disponía de una pequeña mayoría en la Cámara Baja y el voto del vicepresidente Richard Cheney le permitía volcar a su favor la paridad de 50 senadores de cada lado.
Pero la decisión a fines de mayo de 2001 de un senador republicano para inscribirse como independiente, inclinó el control del Senado la más importante rama legislativa, hacia los demócratas.