España dio sepultura ayer a las víctimas de los atentados de Madrid ocurridos el jueves pasado.
Los funerales se dieron ayer en cadena en Alcalá de Henares, la ciudad mártir de la que salieron los trenes de la muerte y tal vez también los terroristas, según las conclusiones provisionales de los investigadores.
Al menos 40 habitantes de la ciudad, de 185,000 habitantes, murieron durante los atentados del jueves. “Alcalá está rota”, declaró el alcalde Bartolomé González al salir de una misa por las 200 víctimas de la masacre.
Cerca de un millar de personas, tanto familiares de las víctimas como particulares, llenaron un polideportivo transformado en iglesia, donde Jesús Catalá, obispo de la ciudad, situada a 35 km de Madrid, celebró los funerales de dos de las víctimas, una empleada de una empresa de telecomunicaciones y un militar, padre de dos niños, uno de ellos de nueve años.
La ceremonia, muy sobria, quiso ser un homenaje a todas las víctimas del 11 de marzo, el 11-M español, a “todos los que han perdido la vida en este trágico y cruel acto criminal”, según monseñor Catalá, que aseguró durante su homilía que “las víctimas del terrorismo no han desaparecido, siguen vivas entre nosotros hoy”.
“Los terroristas han ofendido a nuestra sociedad (...) Todo Alcalá, todo Madrid, toda España y el mundo han expresado su rechazo al terrorismo. Frente a esto, la actitud serena de las instituciones democráticas es una garantía para nuestra coexistencia”, proclamó, reclamando justicia.
A pesar del frío marco que supone el gimnasio en que se desarrolló la ceremonia y donde se había colocado una gran cruz de madera bajo las canastas, la emoción fue aumentado hasta que los asistentes rompieron su digno silencio con un largo aplauso de cerca de un minuto.
En Madrid, los ataúdes de José Ramón y de Teresa están uno junto al otro en la funeraria, rodeados por flores. Ellos fueron una pareja durante 10 años, y murieron durante los ataques.
Día tras día viajaban en el mismo tren, al mismo tiempo. Sólo enfilaban hacia sitios distintos cuando llegaban a la estación ferroviaria de Atocha. José Ramón trabajaba en el ministerio de Defensa. Teresa, en la municipalidad. El viaje del jueves fue el último que emprendieron juntos.
Mi hijo. ¿Por qué?’’ preguntó una anciana, rodeada de sus familiares.
En otra de las salas de la funeraria se hallaba Neil Astocondo, un peruano de 30 años cuya esposa y dos niños quedaron en Lima, la capital de Perú. Astocondo trabajaba en Madrid como obrero de la construcción.