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Estupor y pena ante tragedia del Columbia


Con los rostros graves y los ojos húmedos, varios centenares de estadounidenses y turistas se apretujaban ayer en el Museo del Aire y del Espacio para rendir homenaje a los astronautas desaparecidos y seguir, sobre un pantalla gigante, las imágenes transmitidas por la NASA.
En el inmenso "Space Hall", los visitantes estaban estupefactos y lloraban la muerte de sus héroes, pero a la vez recordaban que los riesgos son inherentes a la conquista del espacio y opinaban que la aventura debe continuar.
"Cuando vi las imágenes en la televisión esta mañana, aquello parecía irreal", dijo Kevin Nicoll, de 39 años, un turista de Missouri. "Hemos visto tantos vuelos espaciales que parecía que nada les podía pasar. Pero de hecho es el tipo de cosas que pasan con el espacio. Aviones de línea se estrellan todo el año en Estados Unidos y en el mundo...".
La pequeña multitud se agrupaba alrededor del televisor que difundía la conferencia de prensa del jefe de la Agencia Espacial NASA, Sean O"Keefe. Había sido instalada allí, como sucedía durante cada vuelo, para que los visitantes pudieran seguir en directo al transbordador.
Pese a la tragedia, los turistas seguían tomándose la foto obligada ante la maqueta de tres metros del Columbia. Sobre un expositor, la foto de la sonriente tripulación sobre el transbordador Challenger con la leyenda: "El 28 de febero de 1986, el 25 vuelo del transbordador se convirtió en tragedia poco después del lanzamiento".
La maqueta del Columbia está rodeada de ejemplares auténticos de los primeros cohetes de EU: Júpiter, Vanguard, Atlas o Titán; del laboratorio gigante Skylab y de una cápsula Apolo. Sobre un panel, se lee una frase del ex presidente Ronald Reagan: "Estados Unidos es demasiado grande para los sueños pequeños".
Ayer, un terrible ambiente de desolación se apoderó de EU y de los dos principales centros de la NASA responsables de los vuelos de los transbordadores espaciales, donde los astronautas, según sus jefes, "son parte de una gran familia".
La pérdida del transbordador Columbia y la muerte de sus siete tripulantes golpeó duramente a los técnicos de la agencia espacial estadounidense y les dejó en un estado inicial de incredulidad seguido de una tristeza que apenas podían describir. Cuando las cadenas de televisión comenzaron, casi inmediatamente, a emitir imágenes de restos incandescentes que bajaban por la atmósfera, todos empezaron a asumir que la tragedia parecía inevitable.
A los empleados de Cabo Cañaveral les tocó la dolorosa tarea de atender a los familiares de las víctimas, la mayoría de los cuales estaban casados y tenían hijos que esperaban en la tribuna el retorno a casa de sus seres queridos. Las familias fueron llevadas a un lugar discreto, donde les explicaron las circunstancias.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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